Herencias

Heredar no es tan sencillo. Porque no basta con poner la mano al estilo egipcio. El dinero -y las joyas, las propiedades, las acciones...- no caen del cielo. Y no todas las herencias son como para batir palmas, aunque si constituyen un paraíso para notarios, abogados y tutores. No se trata de un tema baladí, elegido al azar. Tan solo en el corto espacio de un año, se han rubricado y registrado en España 358.000 testamentos. O, dicho de forma más gráfica -y redondeando-, 1.430 testamentos por día hábil. Asistimos a una auténtica fiebre por testar.

 

Toda herencia implica en su globalidad la totalidad de los derechos y deberes del testamentario.

 

 

Quien no haya pasado por -o sufrido un- proceso hereditario, difícilmente pueda llegar a imaginar todo lo que se mueve en torno a las herencias y las testamentarías. Para empezar, aceptar una herencia -en el caso de un hombre de la calle, con no demasiados posibles en su tronco familiar- puede traer más conflictos y dolores de cabeza de los que el heredero, o los herederos, podían imaginar. Toda herencia implica en su globalidad la totalidad de los derechos y deberes del testamentario. Es decir, activos y pasivos; haberes y deudas. En no pocas ocasiones, el heredero renuncia al legado para no hacer frente al endeudamiento del testador. Porque la broma, con sus números rojos, puede salir, en ocasiones, por un ojo de la cara. Ya dijo Rabelais -en sus últimas palabras, según se le atribuye- que "debo mucho, nada tengo; el resto se lo dejo a los pobres".

 

Otro caso de renuncia, más habitual de lo que se cree, es cuando el valor de la herencia viene sensiblemente, aminorado por los gastos que genera. Que no es fenómeno de hoy. Ya en el Siglo II, el jurista romano Galio hablaba de la "damnosa hereditas" (herencia perjudicial) Así, por ejemplo, entre impuestos, derecho de sucesión, costas, gastos de notaria... hay casos en que puede resultar más rentable despedirse de la esperada y largamente añorada herencia. Porque haberlas, haylas: que más que perjudiciales, estas herencias pueden resultan ruinosas, envenenadas. Tiene triste gracia, comentaba el otro día una víctima de estos tejemanejes legales y fiscales, pagar de tu bolsillo para que sea el Estado, y no el querido sobrino que tanto hizo por su tía segunda, el que se beneficie de la parte del león del legado. Y, para complicar más el tema, estas penalidades proliferan con mayor frecuencia cuanto menor sea la afinidad familiar y sanguínea entre el testador y su descendiente: cuanto más alejada sea, más paga. Y hay que tener mucho cuidado para que salgan las cuentas.

 

"A la vista de lo que está ocurriendo, nuestros ancestros deben estar revolviéndose

en sus tumbas" 

 

Cuentas que a veces no cuadran en el momento más inesperado. Es bastante frecuente que los herederos se provean de joyas u otros objetos de valor -cuberterías de plata, vajillas valiosas, relojes de lujo y marca, cuadros no inventariados....- que no declaran, dada la dificultad del fisco para seguir la pista de unas piedras preciosas, por ejemplo, que no estaban relacionadas en el testamento. Y cuando los sucesores se las prometen muy felices, viene el desengaño. Como en la actualidad las joyas no están de moda, ya que no hay quien luzca un "pedrusco", un collar de oro o un reloj de los que quitan el hipo, dada la inseguridad imperante, los propietarios de estas joyas prefieren acudir al Monte de Piedad o a un joyero de confianza, para la tasación y la consiguiente conversión de lo heredado y no declarado en moneda de curso legal. Porque, a fin de cuentas, ya lo dice el refranero: "Si te dan dinero, tómalo al punto; si te lo piden, cambia de asunto!".

 

Es tal el volumen de joyas de calidad que salen al mercado por esta vía que, como acostumbra a decirse, se ha venido abajo, con un descenso en los precios superior al cincuenta por ciento en el mejor de los casos. Hoy, a lo que se ve y se oye, todos los herederos, o un buen número de ellos cuando menos, sufren una pandemia aguda de venta urgente y a la baja. Es lo que los economistas denominan saturación del mercado. Siempre que sube el volumen de la oferta, la demanda se mueve a la baja, a la búsqueda de oportunidades. Que las hay, aunque nadie lo reconozca abiertamente. Porque esta abundancia de joyas, especialmente, han perdido valor.

 

Esto se complica, también, cuando muchos herederos quieren dar aire a las propiedades inmobiliarias recibidas. Y ello, en plena crisis del mercado. No es que las fincas constituyan una puerta abierta a la especulación y a la generación de dinero negro, pero sí que están pagando con la bajada de precios. Aunque poco debe importar a los nuevos y flamantes propietarios surgidos de la nada: dado que nada ha costado obtener ese bien, cualquier precio es bueno. El caso es vender y obtener cash. Así que ha llegado el momento de las grandes oportunidades opacas porque las ofertas de compra también descienden en picado. Y con ellas, los precios. Siempre hay, en estos casos, quien se está forrando. A la vista de lo que está ocurriendo, nuestros ancestros deben estar revolviéndose en sus tumbas. Toda una vida de trabajo y privaciones para que luego todo lo tan costosamente ahorrado se dilapide de mala manera. En fin: descansen en paz, ya que no les queda más remedio... o

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