Tramposos

Aquí, el que corre vuela. Incluso a la pata coja y con ampollas en el pie. Y es que no tenemos enmienda. Daría la impresión de que nos gusta que intenten -¡y que logren!- tomarnos el pelo. Estafarnos. E incluso que piensen que somos tontos. Pero, ¿lo somos?. Más bien habría que pensar que no, pero es que nos da pereza enfrentarnos a los pequeños desafíos, a los engaños y timos de cada día. Porque esta sociedad está montada, de alguna manera y mal que nos pese, sobre una base de pequeñas escaramuzas en las que están en juego pequeñas cantidades de dinero; pequeñas, sí, desdeñables quizás, pero que en su conjunto podrían incluso incidir en el PIB.

 

 

 

Aunque indigna a nuestra forma de pensar que los responsables fiscales -Hacienda, en suma- esté siempre hurgando entre los pequeños recovecos de nuestros sueldos y salarios, o de la cuentas de los autónomos, a fin de incrementar la recaudación impositiva, lo cierto es que no les falta cierta razón para actuar como lo hacen. E insisto en lo de "cierta razón", porque les asistiría mucho mayor respaldo social y ciudadano si, como se viene clamando desde mil frentes, se pusiera coto a los abusos más sangrantes que se sufren en nuestro país: los salarios y jubilaciones máximas e inmerecidas de personajes políticos de escasa relevancia -nacional, autonómica y local-. O las infinitas bicocas de quienes pueblan las altas esferas de la administración y de los organismos públicos, en flagrante agravio hacia los españolitos de a pie, que después de trabajar -¡y cotizar!- toda una vida, apenas si pueden mal vivir con unas pensiones ajustadísimas.

 

Pero lo cortés no quita lo valiente. Porque estas bofetadas fiscales tan vergonzantes subsisten con la picaresca patria, gracias a la que el más tonto se alza con pequeñas mamandurrias en el quehacer diario, o disfruta de ayudas -o "complementos"- de aquí y de allá. Y, sobre todo, profesionaliza estas vías atípicas de ingresos, hasta convertirse en virtuosos de las pequeñas trampas. Que no siempre resultan claras y transparentes, sino que tienen por objetivo engañar al prójimo, cuando se trata de un cliente ocasional. O de un turista, que ofrece mayores facilidades. Porque estamos hablando de robos (o de hurtos, no vaya a reclamar algún purista) a pequeña escala. Que, para más inri, cuentan frecuentemente con cierta tolerancia social.

 

"El caso es no extender recibo ni dejar constancia"

 

En los viajes, por ejemplo, sobre todo si se trata de circuitos por el extranjero o crucerísticos. Todas las excursiones, o la mayor parte de las que se ofrecen, son "opcionales". Es decir: que no resultan obligatorias y que solo se pagan en el caso de efectuarlas. Pero muy rara vez -y aquí se habla de empresas de postín- extienden un recibo: dicen que no es necesario, que ya conocen al viajero, que para qué... Y si el viajero insiste en que se le entregue un comprobante, o un recibo, alegan que la bacaladera (por extensión, las pequeñas máquinas de cobro de tarjetas de crédito por Internet), que la bacaladera, decíamos, no funciona... Sólo "cash". El caso es no extender recibo ni dejar constancia. O, dicho de otra manera, cobran por negro. Y así en mil y un aspectos de la vida cotidiana. Hay ejemplos para aburrir.

 

Y aunque da la impresión de que se trata de unos pocos euros, al final se está ocultando millones de pequeñas cantidades que pueden llegar a sumar una cantidad escalofriante. Es lo que se conoce por fraude fiscal. Que en pequeñas cantidades no es delito, si acaso falta, pero que origina un grave perjuicio a las arcas de todos, con las que se financian, aparte de esa legión de políticos inútiles, colegios y hospitales, carreteras y obras sociales y unas administraciones elefantiásicas con las que funcionan -es un decir- el Estado y las Autonomías, las Diputaciones y los Ayuntamientos, la Justicia y las fuerzas del orden, partidos y parlamentos, amén de otras mil instituciones y organismos desconocidos, que no sabemos en muchos casos que es lo que nos dan y que, algunas veces, hasta conocemos lo que se llevan. Definitivamente, somos unos consentidores. O es que nos va la marcha. Porque se conocen muy pocos casos en los que alguien levanta la voz ante este tipo de abusos e irregularidades. Y cuando lo hace, hasta puede encontrarse con que el público se le vuelve en contra. Quizás sea nuestra forma de ser. Pero no debemos consentir que nos tomen por tontos. O por algo peor o

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