El regreso de Natacha

Buenas noticias para la creciente ola de seguidores de Luisa Carnés, la escritora olvidada del 27. Se trata de la reedición de la novela Natacha por la editorial Renacimiento de Sevilla. Acaba de presentarse en el seminario del Grupo de Estudios Literarios del exilio: GEXEL, en la Universidad Autónoma de Barcelona.

Introducción Juan Ramón Puyol / Entrevista de Juan de Almanzora (revista Crónica).

 

 

La primera edición data de los años 30 y era la segunda incursión de Luisa Carnés en el mundo del libro tras Peregrinos de Calvario del año 1928. La presente edición ha estado a cargo de Antonio Plaza, su mejor estudioso.

 

En esta novela vemos a la joven protagonista, Natalia Valle, trabajando en un taller de confección de ropa en el extrarradio del Madrid de los años 20. La protagonista cuenta las mismas experiencias que la propia autora ha vivido mientras trabajó cosiendo sombreros en el taller de su tía Petra. Natalia sufrirá las mismas penurias de cualquier joven obrera y que Carnés lleva años anotando con su fina mirada: acoso, discriminación, bajos salarios, pobreza, largas jornadas y hambre.

 

En esta segunda novela vemos ya, los elementos que prefiguran su libro más conocido, Tea Rooms. Está ya su lenguaje directo y las descripciones cinematográficas de ambientes y situaciones tan típicas de Carnés. Los temas son los que le preocuparán durante toda su vida: las malas condiciones de vida de las mujeres y su injusto sometimiento al hombre, ya sea al padre, al marido o al jefe. Luisa Carnés denunció siempre la situación de los más desprotegidos.

 

Tras 90 años de su primera publicación tenemos la suerte de contar con una entrevista de la época con la autora, aparecida en la revista gráfica Crónica, en marzo de 1930. El periodista y escritor Juan de Almanzora le pregunta sobre su llegada al mundo del libro. Esta es la entrevista íntegra.

 

Mujeres de hoy.

La novelista que, por ahora, gana su vida escribiendo cartas comerciales. Un amigo me habla de ella. Quiero conocerla. Me interesa el caso -humano y modesto- de la señorita que escribe novelas, y que para ganarse la vida, es mecanógrafa. Se llama Luisa Carnés, y es joven, soñadora y bonita.

 

Fotografía de Luisa Carnés frente a la máquina de escribir, que ilustraba la entrevista realizada por Juan de Almanzora, en marzo

de 1930, para la revista Crónica. El pie de foto, visto hoy en día, es una premonición convertida en acierto.

 

¿Es usted madrileña?- le pregunto.

Sí; y del barrio de las Musas -me contesta-. He nacido en la calle Lope de Vega hace veinticuatro años. De mi nacimiento a las letras le diré a usted que data del 1923, época en la que cogí la pluma por primera vez para hacer un cuento. Así es que literariamente no he cumplido los ocho años. No sé cómo pudo surgir aquello, porque hasta entonces la sola idea de escribir una sencilla carta me causaba un disgusto indecible. Seguramente mi decisión de escribir aquel cuento fue inspirada por la lectura, mi gran pasión de entonces, cuando me figuraba que leía demasiado. Hoy reconozco que no he leído apenas. Yo no me podía gastar un duro en un libro -ya sabe usted que he salido del taller, no de la Universidad-, y me alimentaba espiritualmente de los folletones publicados en los periódicos y con las novelas baratas, las únicas asequibles para mí. De tal forma y sin más guía que mi amor al libro y a través de innumerables autores y obras absurdas ascendí a Cervantes, Dostoievski, Tolstoi…

 

Le gusta a usted la literatura rusa, ¿no?

Sí, señor. Y no porque me parezca superior a la nuestra ni a la de otros países, sino porque en ella me encuentro. Esa alma rusa, compleja, creyente y escéptica, siempre buceando en sí misma, siempre atormentada por dolorosas inquietudes, me hace hallarme a mí propia, que no acabo de ver claro en la vida y soy enormemente tímida, llevando dentro una gran fuerza, que me hace creer en todo y dudar de todo al mismo tiempo. Después de haber leído una novela rusa, me siento llena de audacia y energía durante varias horas, a veces días; una fuerza que me impulsa a llevar la cabeza alta y a pisar fuerte, pero enseguida vuelvo a buscar las calles apacibles y a sentir adoración por el véspero, que es la decadencia.

 

¿Y siendo así tan tímida, tan inerme para la dura lucha del escritor, cómo llegó hasta el libro?

Rápidamente. Yo ignoro las amargas peregrinaciones a través de las redacciones de los periódicos. En un principio publiqué varios cuentos en Prensa Gráfica, La Voz, El Imparcial. Al poco dejé los cuentos y empecé una novela, luego otra, y así, hasta llegar, hace dos años, a la realidad de Peregrinos de Calvario, mi primer libro, que fue acogido con vivas muestras de interés. A propósito de esta obra, he recibido de algunos compañeros cariñosas cartas alentadoras, que agradecí mucho y conservaré siempre. Ahora lanzaré una novela grande, que titulo Natacha, porque Natacha es el nombre de la protagonista, y como humilde homenaje a Dostoieswski, al que adoro. Esta última será traducida al portugués por el notable escritor lusitano don Luis Díaz Anedo.

 

Fotografía que ilustra la entrevista en la revista Crónica, publicada en marzo de 1930

 

¿Está contenta de su época?

Sí; creo firmemente que he nacido en un instante propicio. La inquietud espiritual reinante es la mejor tierra para afianzar la raíz de una personalidad literaria o artística. Hoy vibra todo, todo es vital. Una de las más fuertes emociones de mi vida me la produjo la contemplación de una gran rotativa, al visitar una imprenta por primera vez. Ya ve usted, unos hierros fríos. Sin embargo, hay calor en esos brazos tensos que se tienden en actitud humana de abrazar. Sí; estoy satisfecha de mi época.

 

¿Qué ambiciones tiene usted para el futuro?

¿Ambiciones? Llegar a la entraña de todo, comprenderlo todo, para acabar de hallar mi fuerza interior y ser yo en absoluto. Volar. No he salido nunca de Madrid. El silbido del tren me hace temblar. El ruido de un aeroplano me produce vértigo. Andar, andar siempre…

 

¿Esperanzas?

Ayer Natacha. Hoy, que pronto la veré en la calle, la titulada Aurelia, que acabo de comenzar. Mañana… No sé. Vivir intensamente. Vivir.

 Natacha, edición de 1930 con portada ilustrada por el pintor Ramón Puyol

 

Antes ha dicho que procedía del taller. ¿No es así?

Sí. A los once años aprendí un oficio. Entonces, quizás, surgieron en mí las inquietudes, que aún no me han abandonado, las preguntas a que todavía no he hallado la contestación. ¿Porqué las mujeres se odian entre si tan terriblemente? Ustedes, que luchan en otro medio, no pueden concebir los pequeños y crueles odios que bullen en el fondo de las fábricas, cómo se pierde en estériles enconos una fuerza que debería aportarse únicamente a la común causa social. Sí; aquellos años de penoso aprendizaje dejaron en mí una huella de amargura que se revela en mi próxima novela Natacha.

 

¿Y después del taller?

Del taller en mi inquieto vagar en busca del camino cierto, llegué al mostrador de una casa de comercio, y así, de un lado para el otro hasta aquí, amigo mío. Usted, hombre comprensivo, reconocerá que a lo largo de ese vagabundeo habré hecho un gran acopio de observaciones.

 

¿Cómo nació en usted el deseo de escribir? ¿Lo recuerda?

Ya en mi época del taller veía cosas que no podía definir, a través de las miradas y las palabras embozadas de aquellas mujeres y aquellos hombres, mis compañeros de trabajo; ya entonces, a mi regreso del taller velaba hasta la madrugada sobre las cuartillas… De esa fase de mi vida habla abundantemente mi buen amigo José Francés en su prólogo de mis Peregrinos. En aquella época, mi sensibilidad llegaba al morbo.

Solamente el ruido de la lluvia, al chapotear sobre los cristales de una claraboya que había en el obrador, me llenaba de tristes presentimientos. Una frase cualquiera de mis compañeras me hacía pensar durante varias horas. A veces, me ocultaba en cualquier rincón para llorar, sin saber por qué. Y por las noches, vuelta a casa a fantasear… Así, entre atisbos y adivinanzas, nació mi arte…

 

Con estas palabras- las más interesantes de nuestra charla- pone fin a nuestro diálogo la que volviendo a su máquina de escribir da principio a una de esas cartas que suelen comenzar con el consabido: “Muy señores nuestros”, palabras que como una pesada losa caen sobre los sueños de la joven novelista, que para vivir escribe cartas comerciales o

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