Una escuela en las nubes

Un familiar me habló de un sitio especial, un pueblo perdido entre valles, donde se han concentrado unas cuantas familias expatriadas que han decidido vivir en un entorno diferente y de una forma, también, diferente.

 Niños jugando en la Comunidad Educativa Flor de Montaña. / Alejandra Tahoces

 

Artistas de todo tipo: de los que hacen pulseras, pendientes y collares, tocan el piano o la guitarra, tienen grupos de música, tejen, esculpen... Y también dan clases de yoga, acrobacia, teatro, expresión corporal, masajes ayurvédicos. Cualquier tipo de actividad medio alternativa aquí tiene su expresión. Es un pueblo de mochileros, con un hostel o albergue en cada esquina, y fachadas decoradas con flores y colores brillantes. Es un municipio con mucha vida: en su pequeño mercado, en su plaza principal, en tantos negocios regentados por europeos jubilados en busca de una entorno más amable. Un pueblo donde la mayoría de las calles están aún sin asfaltar, en el cual no hay ni un supermercado, tan sólo tiendecitas de esas que en España, hace mil años, llamábamos "Ultramarinos". De ésas en las que te venden un poco de todo: comida, jabón, tornillos, pintura, pan recién horneado...

 

 Mujer en el mercado de Samaipata, el pueblo más próximo

a la Comunidad Educativa Flor de Montaña. / Alejandra Tahoces

 

Un pueblo en el cual a los dos días ya te conocen, y te saludan por la calle, y uno tarda en llegar a casa porque te vas encontrando con la gente. Aquí el tiempo pasa muy lento y eres plenamente consciente de esa lentitud, y la agradeces. No quieres nada más. Sólo vivir esa sensación de que el tiempo se detiene. Oyes los pájaros en la plaza, ves a los niños jugando... Los días discurren uno tras otro sin que nada "especial" ocurra.

 

"No hay un sitio donde menos puedan asociarse las palabras escuela y rutina"

 

Especial, diferente, algo que me hizo salir de mi rutina más que previsible, es llegar a un país como Bolivia, y emprender un proyecto de voluntariado cooperando con una escuela alternativa, una escuela que lo dice todo con su propio nombre: "Comunidad Educativa Flor de Montaña". Porque es eso: comunidad. En estado puro. En este colegio todos sus miembros colaboran, se entregan, dan lo mejor de sí mismos. Esta escuela está subida en un alto de la montaña. Aquí se respira auténtico aire puro. Y sí, hay flores, y la mirada se convierte en infinita, porque no abarcas un fin, sólo cielo y valles. Niños que van felices a su cole todos los días, alumnos que no tienen un horario fijo, ni un libro de texto obligatorio (aquí no hay libros de texto), ni un profesor que les exija un rendimiento puramente académico, aquí se busca y se fomenta el talento individual. No hay un sitio donde menos puedan asociarse las palabras escuela y rutina. En esta escuela cualquier sistema alternativo de enseñanza resulta demasiado "estructurado" porque huyen de las estructuras, de lo programado, de lo estándar, de una única visión de la educación.

 

 Arriba Escuela de la Comunidad Educativa Flor de Montaña.

 

 

Abajo Niñas jugando en los espacios de la comunidad y con la escuela al fondo. / Alejandra Tahoces

 

 

 

A diario me despertaba a las 5.30 de la mañana, más bien rompía mi sueño el sonido de un pájaro, insistente en cada madrugada con su repiqueteo sobre los cristales de mi ventana. Desde mi casa, rodeada de árboles y vegetación, tenía un paseo hasta llegar a la plaza principal del pueblo. Allí esperaban alumnos, padres, profesores, a que nuestro conductor nos llevara en una furgoneta abarrotada para iniciar el camino hacia la montaña. Estamos en Bolivia, ni las carreteras, ni los coches favorecen un tránsito rápido. Desde Santa Cruz de la Sierra, (a escasos 120 kilómetros de este paraíso) se tardan unas 4 horas en llegar y otros 45 minutos, desde la plaza del pueblo hasta la escuela de la montaña.

 

"No he visto jamás un entorno educativo donde se honre tanto y con tanta

delicadeza la infancia"

 

Y todo esto me enganchó, me enganchó porque no tengo ni idea de qué resultados académicos tendrán estos niños, y tengo que decir que una de mis alumnas, con 7 años, aún no sabía leer, pero era una niña feliz. Todos son niños felices, porque si hay algo que pueda estar estructurado, algo que "se respete" es precisamente eso: la felicidad de esos niños. No he visto jamás un entorno educativo donde se honre tanto y con tanta delicadeza la infancia.

 

Esta comunidad fue formada por padres, de esos medio hippies, que viven en el pueblo. Padres que no sólo buscaron un entorno más amable, lejos de esta Europa tan uniforme y tan encorsetada. También querían una educación diferente para sus hijos, una educación que priorice al individuo, a ese niño que en su interior lo lleva todo, sin necesidad de atosigarles con conocimientos académicos, exámenes, libros de texto. En esta comunidad no hay nada de esto. Aquí hay niños con nombres como Eclipse, Ámbar, Orquídea, Azul...

 Detalles creativos de la escuela y el “autobús” que transporta a niños, padres y profesores.  / Alejandra Tahoces

 

Niños que andan medio asilvestrados subidos a los árboles. Chavales a los que cada dos por tres había que atarles los cordones, ¿he dicho cordones?, más bien hilos de lo que fueron cordones de unas zapatillas que a este lado del océano, se tirarían, sin dudarlo un segundo, a la basura. Porque en este pueblo la gente renuncia voluntariamente a ciertos lujos, a ciertas necesidades, y a cambio ganan en libertad. Porque aquí lo que importa son otras cosas. Como las que me contaba Pedro, un español que por azar aterrizó en este pueblo y me confiesa, orgulloso, que a sus 33 años, y ya padre de tres hijos, ha encontrado su lugar en el mundo. Un lugar donde ha podido vivir cada día de las infancia de cada uno de esos tres hijos, logro imposible de vivir en el Madrid de donde procede.

 

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 Entrada a la escuela, tienda y mercado en el pueblo. / Alejandra Tahoces

 

 

  

Por eso viví algo especial. Porque sin saber bien con lo que me iba a encontrar, me topé con un microcosmos: mi Arcadia boliviana. Mi familia, que me conoce bien, sabe que busco otros horizontes, otras formas de hacer las cosas, otros modelos de vida. Algo que me haga recordar que todo puede ser diferente cuando regreso a mi hábitat urbanita y echo de menos los niños asilvestrados y felices, los días sin prisas, ese rumor constante de los pájaros, vestirme con lo primero que encuentro, enseñar por pasión, porque me gusta, porque disfruto intentando que cada vez que un alumno entra en mi clase, algo se transforme en él cuando salga. Y tengo que decir que, aunque odio los tópicos, recurro a uno muy manido: ellos son los que de alguna forma me han transformado a mí.

 

Sospecho que quizá no podría adaptarme a vivir así, puede que mis necesidades de mujer occidental y urbana, me condicionen demasiado, dudo también de si este sistema educativo es el mejor, pero me gusta pensar que al otro lado del Atlántico hay gente que opta por una vida diferente, por un sistema educativo realmente innovador. Gente convencida de que apostando por el individuo, por su creatividad, por su libertad, obsesionados por encontrar el talento individual, desarrollarán ciudadanos conscientes y felices.

¿Y acaso no es ése el gran éxito? ¿No sería ése el gran cambio social? Pregunto... o

  

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