Preparados

09/09/2018

Hace algunos años, no demasiados, los medicamentos recibían el nombre genérico de preparados. Médicos

y pacientes sabían de qué estaban hablando y no había lugar para el error. El término ha caído en desuso y hoy

se habla, a palo seco, de medicinas y medicamentos. Aunque todo tiene su razón de ser. Porque cuando a nuestros abuelos -y de ahí, para arriba- se les prescribían determinados remedios, acudían a la farmacia (botica entonces), donde se preparaban las más diversas fórmulas magistrales bajo demanda, como ahora se acostumbra a decir. Porque no todos los medicamentos se obtienen por medio de un proceso industrial. Están también los principios activos que se dispensan en los herbolarios. Y, como luego veremos, la trampa de Internet. 

 

Todavía hoy, algunos profesionales practican la farmacopea; que no se refiere a una práctica compleja y en clara retirada, porque lo que en realidad significa ese término, farmacopea, es el que le corresponde -y transcribo del diccionario- " al libro que trata de las sustancias más comunes y del modo de prepararlas y combinarlas". Y hay más, aunque se desconozca por el gran público: farmacopea es, también, el repertorio que publica oficialmente cada Estado como norma legal para todo lo relacionado con medicamentos: los autorizados y las prohibiciones.

La práctica de la fórmula magistral, en cambio, es una disciplina que, a pesar del empeño y esfuerzos muy meritorios de la Asociación Española de Farmacéuticos Formulistas (AEFF) subsiste de modo residual, aunque

se sigue practicando cuando lo solicita un profesional de la medicina.

 

Hoy, las oficinas de farmacia, al margen de los preciosos tarros de porcelana, que constituyen una bonita decoración, y de balanzas, vasos y probetas, son establecimientos dispensadores que no quedan limitados a la venta de medicamentos y otros remedios, sino que parecen, en muchos casos, auténticas boutiques de diseño con baldas y aparadores repletos de productos de belleza al nivel de las más exigentes perfumerías. Y sin olvidar una abundancia desbordante y megavariada de productos para la higiene infantil, sin excluir pequeños juguetes.

Esta política facilita, desde la comodidad, la adquisición por parte de pacientes y clientes. Y bien está, me atrevo

a aventurar, porque hay que sobrevivir, y los márgenes de beneficio son infinitamente más elevados en productos de enfermería y parafarmacia, porque sus precios no están controlados. Pero no es eso.

 

 

 

Hay que tener en cuenta, sin embargo, otra realidad muy presente en las farmacias, especialmente en las que abren sus puertas en ciudades y capitales: la demanda desproporcionada de determinados específicos. Pero, tras un pequeño trabajo de campo al alcance de mis limitados recursos, he llegado a la conclusión de algunas realidades que este escribidor desconocía. De una parte, un mercado paralelo, para la obtención y reventa, al margen de mancebos, farmacéuticos y farmacias, de algunos productos muy solicitados pero que doctores y especialistas no recetan alegremente. Para su obtención, se recurre a recetas falsas y, en ocasiones, y cuando las farmacias se niegan a servirlos sin receta legal, al robo puro y duro. Productos que, por esta vía, conocen una fuerte demanda

a precios escandalosos; sobre todo, si se trata de narcóticos, calmantes y un largo etcétera de substancias a las que tantos enfermos están atados.

 

Hay que tener muchísimo cuidado. Y desconfiar.

 

Capítulo aparte merece la compra de medicamentos por internet. Otro floreciente negocio al que, sin embargo, hay que oponer un gravísimo reparo: que nadie garantiza que ese producto no ha sido manipulado, que no está falsificado y que no se trata de un simple sucedáneo: pueden resultar trampas mortales. Hay que tener muchísimo cuidado. Y desconfiar.

 

Y, como remate, un problema grave de vedad. Cuentan los farmacéuticos consultados que resulta cada día más frecuente la solicitud de todo tipo de medicamentos, antibióticos incluidos, para enviar a familiares o amigos en países con graves problemas de suministro. El caso más clamoroso es Venezuela. Y tiene difícil solución, porque

sin receta no se pueden adquirir. Habrá que buscar una solución eficaz y asequible. Ta vez a través de alguna

ONG (quizás lo hagan ya, aunque no he podido constatarlo). Pero con fórmulas o estuches, en botes o blisters garantizados, tenemos la obligación moral de no abandonar a tantísimas personas -tan afines, tan queridas, tan nuestras- y contemplar su imposible situación desde la barrera. No es política: es humanidad.

 

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