El Sinaia

Cuando Colón o Cortés se embarcaron hacia América, lo primero que hicieron fue subir al barco un cronista. 420 años después, Juan Rejano fue el periodista que, a bordo del trasatlántico que llevó a los exiliados de la República hacia México, se encargó de montar un periódico para contarlo. Esta es la crónica de aquella travesía.

 

El trasatlántico Sinaia de 12.000 toneladas y capacidad para 900 pasajeros

 

 

-¿Qué tiras, padre?-

Preguntó mi madre Maleni, una mañana, cuando vio como el abuelo deslizaba -como el que no quiere la cosa- unos papeles a la papelera.

 

-Nada, papeles viejos, estoy ordenando un poco el despacho… - Contestó el abuelo. Mi madre; que conocía ese tonillo del abuelo, enseguida sospechó, y tras unos minutos revisó el contenido de la papelera de donde rescató unos ajados folios grapados.

 

Sesenta años después del episodio, Maleni sacó de una caja aquellos papeles. Se trataba de un ejemplar del número 7 del boletín Sinaia: el periódico que se publicó a bordo del buque que trasladó en 1939 a los primeros exiliados republicanos a México. En ese número apareció una reseña del abuelo, el doctor Ramón Rodríguez Mata, que había disertado la tarde anterior sobre la “Geografía Médica de México”, aquel miércoles 31 de mayo, en el salón “A” de la cubierta. Probablemente mi abuelo quiso desprenderse de aquel periódico como soltando el último cabo que le ataba al puerto: un puerto llamado España.

 

La idea de volver a la patria, tantas veces postergada, y aquellos papeles que le amarraban a su tierra, que recordaban aquellos días, cuando el barco que los llevaba al exilio era el lugar de salvación y de incertidumbre, había que empezar a virar, pues todo aquello dolía y pesaba. Cuando el futuro era incierto y se imaginaba la vuelta, antes de llegar, y la esperanza y la angustia flotaban en el Atlántico infinito: era hora de pasar página.

 

“En aquel barco viajaban los que, corriendo los años, se convertirían en mis abuelos”

 

Ese ejemplar del boletín del Sinaia es para nosotros como un vestigio del destino que estaba por llegar. En aquel barco viajaban los que, corriendo los años, se convertirían en mis abuelos. Uno hacia el periódico -Juan Rejano- y el otro, aparecía en la publicación -con caricatura incluida- muchos años antes de que sus hijos (mis padres) se conocieran en México.

 

Mis padres son la segunda generación; aquella en la que estaba depositada la esperanza de recuperar la tierra perdida. La mayoría no volvieron. Se quedaron allá. Unos pocos regresaron a una España que casi no conocían, y que, tras cuarenta años, no era la misma que habían oído cantar a sus padres.

 

Cabecera del boletín Sinaia del 1 de junio de 1939

 

 

“Sinaia”. Diario de la primera expedición de republicanos españoles a México.

Así se presenta el boletín publicado a bordo del buque que transportó -entre mayo y junio de 1939- a los 1.599 españoles, que partieron desde el puerto francés de Sète, hacia Veracruz, en el golfo de México.

Aquella primera expedición de refugiados tenía que ser ejemplar, pues de su comportamiento dependía la suerte de otros tantos compatriotas, que esperaban en los campos de concentración franceses, la oportunidad de embarcarse hacia uno de los pocos países que les habría las puertas ante el avance imparable del fascismo en Europa. Fueron los primeros 1.599 de un total de 22.000 que fueron acogidos por México. Tan solo cuatro meses después de aquel éxodo; Hitler invadía Polonia, desatando la segunda guerra mundial.

 

Aquella publicación jugó un papel importante dando información al pasaje sobre el país de acogida y ofreciendo el contexto en el que se recibía a los exiliados. Había que contrarrestar la campaña feroz de los agentes de Franco y sus partidarios que habían presentado a los exiliados como asesinos, predisponiendo a parte de la opinión pública en su contra. El periódico fue el vehículo indispensable para unir y orientar a los pasajeros en el destino común que les esperaba.

 

El boletín se empezó a editar dos días después de la partida el viernes 26 de mayo. Salieron un total de 18 números que constaban de 6 hojas impresas por una sola cara. Las secciones eran fijas: “Lo que pasa en el Mundo”, con noticias que llegan al barco a través de una radio de onda corta y que por lo general hablaban del conflicto que se estaba gestando en Europa; “Lo que ocurre a bordo”, informaba de lo sucedido al pasaje. Otra sección, titulada “Hoy”, hablaba de las recomendaciones de comportamiento, así como las actividades organizadas desde los primeros días. Una página, con la cabecera: “Las ideas del Presidente Cárdenas” publicaba el ideario del Presidente mexicano, y otros apartados sobre las conferencias impartidas durante la tarde anterior. Además se editaban otras páginas con artículos políticos o del futuro que les esperaba en la tierra que los acogía.

 

Los buenos oficios de la legación mexicana en París, encabezada por Narciso Bassols y su mano derecha, Fernando Gamboa, así como su hermana, Susana Gamboa, consiguieron cumplir la orden del presidente mexicano, Lázaro Cárdenas, de llevar al país el máximo número posible de republicanos españoles. México les ofreció trabajo sacándolos del infierno de los campos de concentración franceses y evitando la tentación de algunos de volver a España, donde solo les esperaba la cárcel, la represión y el paredón de fusilamiento. A eso se unía la idea del mandatario mexicano de impulsar su país hacia adelante, en su proceso de modernización en la que los españoles jugarían un papel fundamental. La organización cumplió con creces la expectativa y en los siguientes meses arribaron a Veracruz otras tantas expediciones, en el “Ipanema”, el “Mexique”, el “Flandra” y otros buques.

 

Los pasajeros del barco bajo los toldos improvisados con mantas. Foto: Paco Mayo

 

 

Un polizón

Por si no fuera poco, en aquel número 7 del Sinaia, se publicó una noticia breve, pero doblemente interesante. Dice así: La noticia se comentó cariñosamente durante todo el día por los contertulios de «calles» y «plazas». ¡Un recién nacido! ¡Un polizón a bordo! ¿Es niño?, ¿es niña? Pues sí, señores, el nuevo pasajero con título de polizón es, desde ayer, Susana Sinaia Caparrós Cruz. La pequeñita nos tuvo movilizados las 24 horas del día. Desfilaron los comités, la Sra. Gamboa, el fotógrafo Chim y... a ver si lo celebramos.

 

18 mujeres embarazadas viajaban en el barco, de las cuales, tres tuvieron a sus hijos  

en altamar. 

 

¡El nacimiento de una españolita del exilio! Los padres de la niña, con buen criterio, le dieron el nombre de Susana, en homenaje a Susana Gamboa, la representante del gobierno mexicano en el Sinaia y artífice principal de la buena dirección de toda aquella aventura, y, Sinaia por el “barco-cuna”; pues no fue el único nacimiento a bordo. Otras 18 mujeres embarazadas viajaban a México, de las cuales otras dos tuvieron a sus hijos en altamar. De España salieron 1599 pero llegaron 1602.

 

Noticia sobre el nacimiento de Susana, en el Nº 7 del Sinaia

 

 

La otra noticia escondida se refiere al fotógrafo “Chim”. Se trata de David Seymour Chim, el tercero en el trío de famosos fotógrafos que firmaban como “Robert Capa”. Chim, Gerda Taro y Endre Ernö Friedmann (el auténtico Capa), vendieron sus fotos bajo aquella firma que se había hecho célebre y cotizada en el París de los años 30. Chim y el periodista francés Marc Ribecourt se habían embarcado para contar la última batalla de aquella guerra que conmovió al mundo. Ribecourt que trabajó con Gerda en Brunete -antes de la trágica muerte de esta- parece querer cerrar aquel trauma de la guerra civil con una crónica final: la llegada de los héroes vencidos a la tierra prometida.

 

Tampoco Chim era el único fotógrafo inmortal que estaba ahí. Francisco Souza, alias Paco Mayo -fundador de la mítica agencia Hermanos Mayo- viajaba con su Leica en el Sinaia, como refugiado, como periodista, como soldado. Suyas son las imágenes que ilustran este reportaje.

 

La redacción del Sinaia

Una de las fotos tomadas por Chim, muestra la sala que ocupaba la redacción. Cinco hombres se afanan sobre una larga mesa llena de papeles. La escena está iluminada por un sol que penetra, oblicuo, por las ventanillas que están muy juntas. Se adivina la brisa que agita las pesadas cortinas de lona. Las paredes de madera, igual que las sillas, de respaldo redondeado. Al fondo una enorme pila de paquetes con folios, conteniendo la materia prima para confeccionar los ejemplares del boletín. En primer plano, tres hombres, y un poco más al fondo, dos jóvenes que escriben a máquina. Esa pareja discute algún término del manuscrito que están transcribiendo. A la derecha otros dos -más mayores- se vuelcan sobre sus trabajos. Frente a ellos hay otro que está liando un cigarrillo. El lado izquierdo de la larga mesa el más cercano al fotógrafo parece trazar un dibujo (vemos también un botecito de tinta) y a su lado, otro hombre, corrige un texto. No cuesta mucho imaginar la brisa caliente, húmeda y salobre del Caribe aireando la estancia.

 

Dibujo de Enrique Climent, “En El Sinaia” de 1939

 

 

Entre aquellos están los que hicieron El Sinaia: Tarragó, las tiras cómicas que narraban las historias de los pasajeros, Juan Rejano, en la dirección literaria, José Bardasano, Germán Horacio y Ramón Peinador con las ilustraciones de los artículos y las caricaturas de los conferenciantes y las escenas de abordo. Juan Varea se ocupó de la confección y un grupo de maestros, de las colaboraciones, entre ellos Manuel Andújar que escribió buena parte de los perfiles de los expedicionarios. Las noticias, captadas por onda corta, estuvieron a cargo del historiador Ramón Iglesias.

 

El periódico se imprimió en un mimeógrafo -un sistema barato y portátil, pero rudimentario- que permitía hacer unas 50 copias por capa original tecleado sobre un papel especial llamado esténcil. Una vez entintado el rodillo se copiaba hoja por hoja, a mano y por separado cada página para, posteriormente, reunir las 6 hojas que componen cada ejemplar. Si uno de los originales se estropeaba había que reescribirlo y volver a imprimir.

 

“Llegamos como era natural, con los bolsillos vacíos y sin documentación migratoria alguna lo que estuvo a punto de frustrar nuestro embarque”, recordaba Sánchez Vázquez

 

Poetas, pintores y músicos 

Al poeta Juan Rejano le llegó la carta para embarcar el 9 de mayo. Según los recuerdos de Adolfo Sánchez Vázquez ambos llegaron al puerto “desde un albergue en el que la Asociación de Escritores Franceses nos había alojado cerca de París. Llegamos como era natural, con los bolsillos vacíos y sin documentación migratoria alguna lo que estuvo a punto de frustrar nuestro embarque pues un gendarme se empeño en detenernos hasta que pudimos convencerle que para la Francia que el servia era mejor dejarnos embarcar que mantenernos en prisión”. Mi padre recuerda haberle visitado con su madre, Luisa Carnés, en una casa, cerca de París, donde se recuperaba del paso por el campo de Argelés-Sur-Mer.

 

A bordo se encontraron con el poeta Pedro Garfias con el que compartieron literas en la bodega, desde cuyos ojos de buey solo se apreciaba la profundidad del oscuro océano. Hasta que una mañana, prosigue Sánchez: “en la que Pedro Garfias lejos de pegarse acongojado a la ventanilla como siempre, saltó torpemente de su litera y empezó a recitarnos a Rejano y a mí con su voz ronca y pausada el poema que había concebido y gestado durante toda la noche”:

 

Entre España y México

A bordo del Sinaia

 

Qué hilo tan fino, qué delgado junco

—de acero fiel —nos une y nos separa

con España presente en el recuerdo,

con México presente en la esperanza.

Repite el mar sus cóncavos azules,

repite el cielo sus tranquilas aguas

y entre el cielo y el mar ensayan vuelos

de análoga ambición, nuestras miradas.

 

España que perdimos, no nos pierdas;

guárdanos en tu frente derrumbada,

conserva a tu costado el hueco vivo

de nuestra ausencia amarga

que un día volveremos, más veloces,

sobre la densa y poderosa espalda

de este mar, con los brazos ondeantes

y el latido del mar en la garganta.

 

Y tú, México libre, pueblo abierto

al ágil viento y a la luz del alba,

indios de clara estirpe, campesinos

con tierras, con simientes y con máquinas;

proletarios gigantes de anchas manos

que forjan el destino de la Patria;

pueblo libre de México:

como otro tiempo por la mar salada

te va un río español de sangre roja,

de generosa sangre desbordada.

Pero eres tú esta vez quien nos conquistas,

y para siempre, ¡oh vieja y nueva España!

 

A la lista de periodistas hay que añadir a Tomás Segovia, Ramón Xirau, José Gaos, Eduardo Nicol, Julio Mayo, Benjamín Jarnés y muchos otros. Solo citar los nombres de los pintores y dibujantes que expusieron sus dibujos en el Sinaia, en una exposición improvisada, da mareo: Ramón Gaya, Arteta, Bardasano, Horacio, Peinador, Carmona, Camps Rivera, Tarragó, Juana Francisca, Oliva, Robles, Agut, Rebatte, Jordana, Climent y Acitores.

 

Como una pompa de jabón

Un inmenso paréntesis de tiempo flotante, así parece la singladura primera del Sinaia. Sus 1600 almas vivieron tres semanas como en un tiempo imaginado y suspendido, el tiempo de una utopía perdida entre dos incógnitas: el nuevo porvenir en un país misterioso y exótico y otro abrasado por el odio y la injusticia. Como una pompa de jabón machadiana, una burbuja con hombres, mujeres y niños dentro, apenas rozando el mar, empujada por el viento de la historia. Así viajó esa pequeña república flotante.

 

Llegada de los exiliados españoles al puerto de Veracruz / Foto Paco Mayo

 

 

Todos los que viajaron en esa expedición recordaban las palabras emocionadas de Antonio Zozaya al paso del estrecho de Gibraltar con el peñón al fondo. Zozaya de 80 años fue el mascarón de proa de aquellos jóvenes intelectuales que lo habían dado todo por la República. Pasaron por Madeira, por el mar de los sargazos -donde vieron peces voladores y los niños comieron caramelos- recalaron en Puerto Rico donde fueron recibidos como hermanos heroicos, y, por fin, llegaron a Veracruz.

 

En la lista había 800 campesinos, 400 trabajadores manuales, 50 intelectuales y 150 de otras profesiones, el resto del pasaje eran familiares. De entre ellos los nombres más sonados. Los datos están exhaustivamente recogidos en la obra: Palabras del exilio 2. Final y comienzo: el Sinaia de Concepción Ruiz Funes y Enriqueta Tuñón.

 

En la mañana del 13 de junio, mientras la banda de músicos “Madrid”, que dirigía el maestro Oropesa, ejecutaba su último concierto, los pasajeros del buque pudieron leer, mientras bajaban, una pancarta que los dejó atónitos: “EL SINDICATO DE TORTILLERAS OS SALUDA”. Todavía no sabían que se refería a las mujeres que fabrican la torta de maíz (el alimento básico de los mexicanos) y que nada tenía que ver con las preferencias sexuales de ningún sindicato.

 

 

 

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