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Una iglesia más

Por Paula Cabrera

Entré en la iglesia, que estaba oscura y solitaria, como alma enferma que huye del estrépito de la vida y busca un apacible refugio en la soledad y el silencio para alivio de sus males. Sao Paulo es horrible para eso. Un tráfico escandaloso alborota la calle día y noche, destemplando los nervios del más valiente. Bocinas, campanas, truenos de motor, gritos de los vendedores que toman las calles. ¡Y no digamos nada del estruendo que se arma cuando están los coches parados delante de una señal del tráfico! Hay coches que en vez de bocina deben llevar un bombardino, a juzgar por la magnitud del sonido con que se manifiesta. Es horripilante.


Catedral de Sao Paulo (Brasil) o de la Sé / Wikimedia



Las iglesias son un ejemplo de lujo y vanidad. Especialmente la catedral de Sao Paulo, su construcción empezó en 1589, destruida y reconstruida con estilo gótico.

Su cúpula es neogótica, inspirada en las grandes catedrales medievales de Europa desde el suelo hasta el techo, con sus 111 metros de altura, es toda ella una fantástica incrustación de mosaicos que, al reflejo de las luces eléctricas, brilla como una joya. Sus cinco naves y transepto con una cúpula en forma de cruz, una fachada con un gran portal y un rosetón, fue inspirada en las estructuras renacentistas como el Domo de Florencia, pero demasiado recargada.

Obra de la fe, de una fe ciega y sin límites que no comprende que un templo, cuanto más sencillo, es mucho más noble y atrayente. En la catedral de la Sé, se puede ver en una de las naves laterales unos cuadros de poco valor; más bien parecen copias de algunas obras del Renacimiento. Unas figuras pétreas de tamaño irregular adornan el plafón de un altar, al parecer, dedicado al culto de algún santo predilecto, iluminado entre ramos de flores. ¡Todo invita a la meditación en este oscuro refugio!


"Pero el sublime ejemplo de Jesucristo dando su sangre para redimir a la Humanidad, fue un sacrificio estéril; la Humanidad, al parecer, no tiene redención posible"

La iglesia nos recibe al nacer, en nuestros primeros balbuceos, y también nos conduce hasta la última morada, roto el cuerpo y agotado el espíritu de tanto luchar en la vida. Pero el sublime ejemplo de Jesucristo dando su sangre para redimir a la Humanidad, fue un sacrificio estéril; la Humanidad, al parecer, no tiene redención posible. El Divino Maestro tuvo un Judas que vendió su cuerpo por un puñado de monedas, y sin escrúpulos. En la sociedad moderna, también hay muchos Judas capaces de vender al diablo el alma del mejor amigo. ¿Dónde está la redención? Y cuántas víctimas inmoladas en aras del altar de la fe hasta por la misma iglesia, que no tuvo límites ni atendió jamás razones en defensa de la integridad y pureza de sus sagrados preceptos, expuestos siempre al simple capricho de un reformador cualquiera, Martin Lutero, y otros muchos espíritus inquietos... ¿Santa Inquisición?


Una cuchillada de luz que entra por la puerta de la calle rasga la oscuridad del templo, voces de niños y mujeres profanan el silencio. -¡Una boda!- se oye gritar. La gente va entrando en la iglesia, dejando paso a una pareja de novios ataviados con sus mejores galas. Ella, vestido blanco con manto y un ramo de flores en las manos. Él, con traje gris, pero muy serio, como quien medita el difícil paso que va a dar.


Todos se dirigen en grupo a un extremo de la capilla, en cuyo altar arden unos cirios. Visto desde lejos, parece una visión fantástica por las sombras que proyectan en la pared como si fueran fantasmas. Agrupados alrededor de estos cirios, están los invitados a la ceremonia, por curiosidad me acerco al momento emocionado. El sacerdote, con voz un poco ronca, va leyendo a los contrayentes las múltiples obligaciones que deben aceptar en su nuevo estado. Y por fin llega el momento más culminante.

¡El Sí quiero!

Aquel momento de lanzar la afirmación más trascendental de la vida: Sí quiero; afirmación de amor, la más grande; pero no de un amor voluble y pasajero que se esfuma al menor contratiempo en la más leve disputa, no; afirmación de un amor eterno, que es como el comienzo del poema de toda una vida. Después de pronunciar este sí que pareció salir del corazón de la dama, un violín desgranó de sus registros unos cuantos ramilletes de notas alegres que parecían unas pinceladas de luz sobre un lienzo de los jardines del inmortal Monet o



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