• Maskao Magacín

Un mundo con mascarilla

Explotó lejos para casi todos. Era allí, en China, y apenas atraía nuestra atención en occidente, como mucho, algún suspiro mirando el telediario. Pero de pronto, casi sin darnos cuenta, se plantó en nuestras puertas y poco a poco, fue confinando a todo el mundo en sus casas y detrás de mascarillas. Por Maskao Magacín


Y de repente, nos confinamos en casa y nos pusimos mascarillas. / Foto Ana Puyol


En este reportaje, vamos a recorrer algunos países y cómo, de diferente manera, se han tomado medidas para contener la pandemia del coronavirus y proteger a la población de su país. Las conoceremos a través de varias personas repartidas en unas pocas ciudades del mundo, que además nos cuentan su experiencia, sus vivencias y reflexiones, sobre la irrupción del Covid-19 en sus vidas. Les pedimos un breve texto más alguna foto y han respondido de una forma maravillosa.



El “Bichito” invisible y “el Mito”

Paula Cabrera (Brasil)


En periodos de crisis, la gente cree en profecías para controlar la angustia del futuro. En Brasil, una profecía adjudicada a Nostradamus, circula por internet como el bichito circula entre nosotros. Pero es mentira, Nostradamus nunca escribió ese texto. El profesor e historiador brasileño, Leandro Karnal, afirma que: “todas las profecías son falsas, no existe la posibilidad de prever lo que aún no aconteció. No hay ciencia del futuro. La profecía tiene que ser metafórica para que en el futuro se pueda adaptar a lo que ocurre”.


La pandemia del “bichito” que circula por el mundo, ya ha matado a más de 70.000 personas y matará aún más. En Brasil la pandemia es una sombra negra que planea sobre más o menos 38 millones de brasileños desprotegidos que viven en la informalidad, sin saneamiento básico, sin agua potable, sin casas o ventanas para que el aire entre. ¿Cómo van a tener alcohol gel para limpiar sus manos si no tienen ni jabón? Son familias enteras que viven en la miseria, en las zonas más precarias de nuestro vasto y desgobernado País.


Pero nuestra mayor amenaza es un “bichito” que llaman “El Mito”, el presidente de nuestro País, aquel que salió por las calles en medio de la pandemia a saludar personas, contrariando a todos los especialistas. El “bichito” amenaza a todo el mundo, pero los brasileños tienen un plus, un presidente narcisista que habla tonterías y que ya nos estaba quemando la Amazonia, asesinando indios y matando a la población de hambre con leyes absurdas. El “Mito” nos hace cada vez más imbéciles frente al mundo, no puede siquiera protegerse de su hijo, que causó un malestar diplomático con nuestro principal aliado, China. ¿Qué es peor: el “bichito” o el “Mito”?


Proyección en un edificio como protesta contra el presidente Bolsonaro y una de sus frases: “La histeria perjudica la economía”.



Hay muchas personas que no pueden quedarse en casa, porque tienen que servir a los ricos, personas que se ganan el pan cada día y no pueden ir al supermercado para comprar mucha comida. Hoy quedarse en casa, debería ser un derecho de todos y el gobierno debería garantizar los mínimos a los más desfavorecidos: casa, comida, luz y agua potable. En nuestra democracia llena de payasos, la población se rebela con “panelaços” (caceroladas) contra el “Mito” como señal de protesta sin salir de sus casas. Pero el presidente ahora convoca a la población para hacer “panelaços” a su favor, y algunos lo hacen.


Ahora las personas están aisladas por iniciativa propia en sus mundos aquí en Brasil, usando las redes sociales para acabar con el tedio. El mundo tiembla con unas gotitas de saliva. El contagio no tiene clase social, es el mismo para ricos y pobres. Potencias infalibles caen ante un beso, un abrazo, un apretón de manos. El consumo desenfrenado y la inversión de valores se frenan. Hoy las personas saben que las trabajadoras del supermercado, de farmacias o una enfermera, son más importantes que un partido de fútbol. Hoy un hospital es más urgente que un submarino. Una vacuna más importante que una bomba.


Se cierran grandes almacenes, tiendas y fronteras, se apagan las luces de los estadios. No se graban telenovelas, ahora vemos las viejas y el capitalismo cae por un “bichito”.


"No hay lugar seguro, y solo bajo la amenaza, volvimos a desear el bien, a cuidar del vecino "

En Brasil nuestras catástrofes son la pobreza, el gobierno, el sistema precario de salud, la legislación laboral, la previsión social, el desempleo o el dengue, pero ninguno de esos bichitos nos quitan abrazos, besos y caricias. Somos un pueblo que demuestra su calor y su amor todo el tiempo. El carisma de Brasil no se va a apagar después de esto. La solidaridad debe ser más contagiosa que el “bichito”, que con sus gotitas en el aire nos hace reflexionar en el silencio de nuestras casas.


Trabajos de desinfección en las calles de Santa Maria (Rio Grande do Sul)

Foto Diego Bortoluzzi



Hoy valoramos la ciencia por encima de la economía, volvemos a cuidar de los ancianos, a oír historias olvidadas, a ver cómo nuestros valores que consideraban primero las cosas materiales sobre la vida, ahora se encuentran invertidos. No hay lugar seguro, y solo bajo la amenaza, volvimos a desear el bien, a cuidar del vecino. Gracias a esta pandemia hervida en alcohol gel, nos damos cuenta que unos tenemos agua y otros no.


Si sobrevivimos, la lección que el “bichito” nos deja es que tenemos que cambiar, no podemos vivir para el capitalismo, acumulando cosas y dinero. Una vez más tenemos que valorar nuestro planeta, los bosques, el mar, los animales, el aire, debemos tener la naturaleza como parte de nosotros, no como medio para ganar dinero. Tenemos que mirar el tiempo de vivir, de estar al lado de quien amamos, valorando la vida que es el mejor regalo que tenemos. Por eso, ¡Quédate en casa!

El mal bicho que nos gobierna

Camila Valenzuela / Periodista (Chile)


Chile es un país sísmico. Vivimos sobre el límite de dos placas tectónicas, la de Nazca y la Sudamericana, que constantemente chocan entre ellas. Por eso, medio en broma, medio en serio, todos pensamos que lo único que nos falta es un terremoto para cerrar por fuera.


El 18 de octubre, la siempre callada y a veces, apocada, sociedad chilena, explotó: Se quemaron estaciones de metro, hubo miles de saqueos y salimos en masa a la calle a protestar, a gritarle a toda la institucionalidad política que nos cansamos de este oasis imaginario que nos vendieron durante 30 años. Hubo toque de queda, el presidente Sebastián Piñera proclamó que “estábamos en guerra contra un enemigo poderoso”, por eso permitió que los militares salieran a la calle a reprimir el “estallido social”.

Sí, en democracia, volvieron en gloria y majestad todos los fantasmas de la Dictadura. Pero ni los militares, ni los carabineros pudieron contra esta marea de descontento.


Calle en un barrio céntrico de Santiago de Chile. A finales de marzo, solo algunas comunas de la capital estaban confinadas (cuarentena) de forma obligatoria. El resto hacía confinamiento bajo recomendación gubernamental / Foto Camila Valenzuela



Durante más de cuatro meses, los chilenos seguimos protestando y a cambio, se nos ofreció una serie de medidas insuficientes para mejorar pensiones de vejez, sueldos mínimos y la salud pública. Lo único que sacamos en limpio después de remecer el país, fue la opción de votar si queremos una nueva Constitución y quién debería redactarla. Este plebiscito estaba fijado para el domingo 26 de abril.


"Y llegó el coronavirus y el gobierno, ha utilizado la pandemia como un eficaz salvavidas político "

Y llegó el Coronavirus y el gobierno, ha utilizado la pandemia como un eficaz salvavidas político. Piñera y sus ministros renacieron como salvadores luminosos de esta ciudadanía que se dio cuenta de que son unos incapaces. Ahora escuchamos cosas tales como “tenemos el mejor sistema de salud del planeta”, “todos juntos y con la ayuda de Dios saldremos de esta crisis sanitaria”, “a lo mejor con un poco de suerte, el virus muta a buena persona” y una lista interminable de absurdos sobre las medidas que se están tomando para minimizar la pandemia. Por supuesto, el Plebiscito fue postergado para el 25 de octubre, decisión correcta para garantizar que todos podamos ir a votar pero que nos deja con el mal sabor de que el gobierno va a utilizar la catástrofe sanitaria para minimizar el desastre político, económico y social en el que vivimos con o sin el virus.


Hoy, 27 de marzo es el primer día de una cuarentena que se implementó solo en 7 comunas de Santiago. La medida rige en aquellos barrios residenciales donde no hay industrias y donde no vive la mano de obra de la ciudad. Actualmente, la cifra de contagiados es de 4.471, número objetable debido a la desinformación que existe sobre los resultados de los exámenes realizados para detectar el virus. Chile, “el país con el mejor sistema de salud del planeta”, cuenta con 2,1 camas hospitalarias por cada 1.000 habitantes. Todos los inviernos, el sistema de salud colapsa producto de las enfermedades respiratorias estacionales. Así que no es difícil imaginar el peor de los escenarios cuando convivan influenza, virus sincicial y COVID 19.


Vista general de una zona de Santiago de Chile en la que se “respira”el confinamiento (cuarentena). / Foto Camila Valenzuela



Desde hace unas semanas, he tenido la posibilidad de quedarme en casa y trabajar remotamente. No ha sido fácil renunciar a mi rutina diaria, pero he tratado de seguir cumpliendo con mis horarios habituales y he sumado otras actividades puertas adentro como hacer yoga todos los días viendo tutoriales en Youtube. No sé cuánto tiempo más estaré encerrada y por eso trato de no empacharme con malas noticias. Sé que se acercan tiempos oscuros: vendrán muertes innecesarias, despidos sin indemnizaciones, injusticias y precariedad. Todo, gracias al mal bicho que nos gobierna.


Cuarentena en Nueva Zelanda

Macarena Fernández Medone

Arqueóloga (Auckland)


Vivir en el extranjero tiene sus cosas buenas y malas. Creo que lo más difícil es estar lejos de nuestros seres queridos. Pero en tiempos de cuarentena, a raíz del COVID-19, la distancia se vuelve la misma para todos, incluso si ahora estuviera en mi país, Chile, ya que, de igual manera, no podría abrazar, besar, ni compartir una taza de té con mis familiares. Y de pronto, estamos todos hablándonos por video llamada, como si cada uno viviera en un país distinto. Entonces ¿nos convertimos en extranjeros de nuestro propio mundo?


Sin embargo, son tantas las diferencias en cuanto a las medidas preventivas dentro del contexto Covid-19. En Nueva Zelanda, país donde resido actualmente, los casos de contagiados se mantuvieron bajos durante unas cuantas semanas, hasta que aumentó velozmente y con 103 casos confirmados comenzaron las medidas extremas, pero a mi parecer necesarias. Estas nuevas reglas son dignas de un país en el cual velan por el bienestar de las personas antes que una economía estable. Y así lo aclara constantemente la Primera Ministra, Jacinda Ardern.


"La mente fluye y me vuelvo completamente reflexiva ante esta pandemia"

Hoy Nueva Zelanda está en cuarentena por un mínimo de cuatro semanas, y por primera vez puedo sentir silencio en la calle más transitada de Auckland; los bares cerraron y esos trabajos de construcción interminables están pausados, con sus máquinas paradas en medio de las calles. Toca hacer largas filas para ir de compras al supermercado y comienzo a sentirme ajena al resto (siendo que somos todos iguales). Cualquiera puede tener el virus y entro en esa paranoia que solo hace querer volver al hogar, a lo que hoy podría ser nuestro refugio, nuestra burbuja. Y allí, con mi mente en pausa por un momento, por un futuro incierto, y un presente que pareciera ser eterno, comienzo a descubrir nuevos intereses, cosas que probablemente jamás me hubiese hecho el tiempo o priorizado en mi vida. La mente fluye y me vuelvo completamente reflexiva ante esta pandemia. ¡Cuán frágiles somos los seres humanos, cuánto daño nos puede causar un virus que ni siquiera podemos ver!


Victoria Street en pleno centro de Auckland sin gente ni coches. Al fondo, el icónico Sky Tower. / Foto Macarena Fernández Medone



Toda esta contingencia internacional saca a la luz lo mejor y lo peor de nosotros como especie y me es imposible no hacer comparaciones entre países. Entro en una constante disyuntiva, que, por cierto, siempre ha estado y hoy más que nunca: de querer volver a estar con la familia, pero a la vez saber y agradecer que estoy en un país donde efectivamente el gobierno se preocupa de los ciudadanos, y del bienestar del inmigrante.


Nueva Zelanda es un país que destaca por su condición multicultural y el respeto por la gran diversidad que habita acá, y eso lo demuestran a través de las políticas inmigratorias; y en tiempos de pandemias, a nosotros los inmigrantes, no nos han dejado de lado. Por esto, agradezco y mientras tanto no puedo más que esperar que este mal tiempo pase luego para así poder volver a abrazar.


Desde el balcón

Gastón Becerra Goldstein

Arquitecto (Argentina)


A las 0:00 horas del viernes 20 de marzo, cerca de 44 millones de habitantes comenzamos a vivir en nuestros hogares, un oportuno y atinado confinamiento dispuesto por las autoridades argentinas. Cuando digo atinado es por las cuidadosas imágenes que nos muestran los medios de lo que sucede en Italia, España y comienza a vivir la población de Estados Unidos, primera potencia militar del mundo. Esas cuidadosas imágenes omiten el padecimiento, incertidumbre y dolor que están viviendo enfermos, parientes y deudos, como los documentales de guerras lejanas que vemos en la televisión mostrando escenas devastadoras, donde la épica sublima acciones criminales en la destrucción de ciudades y las formas de vida de sus habitantes, omitiendo la dimensión de sus enormes sufrimientos y traumáticas consecuencias, así la trivialización en la narración de las noticias, contribuye a anestesiar sensaciones.


En cuestión de horas, nuestra forma de vida debió cambiar, la gran mayoría ha acatado las nuevas disposiciones que se han ido ajustando día a día de acuerdo a las circunstancias. Hace poco más de tres semanas, las noticias que golpeaban diariamente a los argentinos eran: el monto impagable de nuestra deuda externa, el riesgo país sentenciado día a día por el FMI, la inflación, la devaluación de nuestra moneda y de nuestros salarios e ingresos, pero Argentina está fuertemente ligado familiar y culturalmente con el acontecer de Italia y España, ha sido así desde fines del siglo XIX. Nos ha conmovido el crecimiento exponencial de los contagiados y víctimas del Covid 19 en China, Irán, pero sobre todo en esos dos países. Como la clase media argentina gusta viajar y junto a otros destinos, Italia y España están entre sus preferidos. Quizás el Covid 19, que también viaja en avión, recorrió los 10.013 kilómetros que hay entre Madrid y Buenos Aires y el 3 de marzo se confirmó el primer caso de coronavirus en la Argentina. Lo que parecía temido y distante, ya estaba entre nosotros.


El balcón del autor de este artículo, con uno de sus perros y Buenos Aires al fondo.

Foto Gastón Becerra Goldstein



Aún con la crítica situación argentina, el gobierno del presidente Alberto Fernández ha sabido aunar voluntades entre propios y ajenos en la decisión de decretar cuarentena, repatriar con costos enormes a más de 10.000 argentinos varados en el exterior y destinar ingentes recursos, para aminorar los efectos de la etapa más crítica de la aún incipiente epidemia, que según las autoridades sanitarias, ineluctablemente va a llegar.


"El Estado decidió privilegiar la salud y bienestar de la mayoría de la población, sobre el rescate de grupos económicos "

El poder ejecutivo ha reiterado en su discurso a la población, el rol y presencia que el Estado está cumpliendo, tras su decisión de privilegiar la salud y bienestar de la mayoría de la población, esto sobre el rescate de grupos económicos que están viendo afectadas sus ganancias. Parecía que después de años de divisiones y enfrentamientos ideológicos, el accionar político nos unía como pueblo en la lucha contra una amenaza tan real. Pero desde hace unos días los medios hegemónicos de comunicación, que obviamente representan a los sectores económicos más concentrados, ante la debacle de los mercados, han empezado a denunciar lo que consideran una falta de política económica.


Vista panorámica de la ciudad de Buenos Aires (Argentina) desde el balcón.

Foto Gastón Becerra Goldstein



Esta es una lucha difícil y compleja en el continente más desigual del planeta, ejemplificada en el negacionismo e ineptitud del presidente Jair Bolsonaro de Brasil, en el titubeante gradualismo de las medidas de control del gobierno de Chile y la firme decisión de afrontar el crecimiento de la pandemia, por parte del gobierno de Alberto Fernández. Los primeros, firmes defensores del accionar de la “mano invisible” del mercado como regulador de las relaciones económicas y sociales, obviamente se resisten a reconocer que solo la presencia decidida del Estado puede garantizar la salud y bienestar de la gran mayoría de la sociedad.


Como muchos argentinos estoy reinventándome, soy arquitecto y profesor de Teoría e Historia de la Arquitectura, después de muchos años de dictar cursos y conferencias de manera presencial, he debido reinventarme, rehaciendo y grabando clases, subiéndolas a plataformas y comunicándome virtualmente mediante video conferencias, algo usual para generaciones más jóvenes.


Haciendo mascarillas

Ángeles Diego, Ana Ortega y José Antonio Diego. / El Palmar (España)


Desde el 16 de marzo a las 8 de la mañana, entró en vigor en España el Estado de Alarma y con ello, el confinamiento obligatorio para toda la población española. Por ahora, y después de haber sido prorrogado dos veces, se ha puesto fecha de confinamiento hasta el día 26 de abril, pero ya veremos.


España está siendo golpeada con una gran fuerza por la pandemia del coronavirus, algo que ha desbordado cualquier previsión, reventando todas las costuras del sistema, siendo el más afectado por la urgencia, el sistema público de salud y los equipos de protección para sanitarios como para la población y otras instituciones. Por ese motivo, la ciudadanía de forma espontánea se activo para ayudar de distintas formas, una de ellas, fabricando mascarillas para paliar la gran demanda que a su vez, ha ocasionado la escasez de este artículo.


"Al ver la escasez que había, nos pusimos en contacto con los municipales, tiendas y comercios de la zona y empezamos a hacer mascarillas "

El Palmar es una pedanía costera de Vejer de la Frontera, en Cádiz, que no llega a los mil habitantes. Y durante este tiempo de confinamiento, Ángeles Diego, su hermano José Antonio y su mujer, Ana, se han puesto manos a la obra para coser mascarillas. Ellos son una pequeña muestra de las tantas personas, colectivos o asociaciones que se han volcado en la confección de mascarillas en España.


Ángeles, ¿Cómo surge lo de hacer mascarillas?

Al ver la falta de material que había, nos pusimos en contacto con los municipales, tiendas y diferentes comercios de la zona y empezamos a hacerlas.


¿Y cuántos sois?

Somos tres personas nada más.



Arriba Ángeles Diego dando puntadas a las mascarillas. Abajo Ana Ortega plegando telas

Fotos cedidas por Ángeles Diego



¿Sabíais coser o sobre la marcha?

Sabíamos coser un poco, nos defendemos bastante bien -sonríe Ángeles y nos dice-. Hago trajes de flamenca y normalmente en estas fechas estaría a tope haciéndolos.


¿Cuál es el proceso de confección?

Primero lavamos las telas porque nos las trae la gente, la lavamos con lejía, las metemos en la secadora y luego ya cortamos, cosemos y cuando están terminadas las mascarillas, las planchamos con agua y alcohol.


¿Cuándo habéis empezado?

Empezamos al principio de esta catástrofe, no había mascarillas por ningún lado, y yo me hice una o dos y mi cuñada también, entonces al vérnosla la gente empezó a pedírnosla, y nos pusimos a hacer para todo el mundo.


José Antonio acabando el proceso con un planchado con agua y alcohol.

Foto cedida por Ángeles Diego



¿Para quienes habéis hecho?

Para todos, comercios locales, vecinos, la policía local que nos llama y se las llevan y todas las personas de aquí del campo, que son mucha gente.


¿Cómo conseguís los materiales?

Primero empezamos con sabanas que teníamos sin estrenar y luego las personas que han ido llegando, nos mandan sábanas y telas; los municipales nos han traído elástico, hilo, y vamos haciéndolo. Como no hay donde comprar, no podemos comprar nada.


¿Cuántas habéis hecho?

Uf, muchas, más de 600, ya perdimos la cuenta.


¿Las seguís haciendo?

Sí, seguimos haciéndolas, la gente sigue pidiéndolas, las siguen necesitando porque no se encuentran por ningún lado aquí.


Distintos modelos de mascarillas, en algunas se nota el toque de lunares flamencos.

Foto cedida por Ángeles Diego



Entonces, ¿el confinamiento es más llevadero, además, con la satisfacción de ayudar?

Pues sí, nos sentimos bien, porque al estar aquí confinados por lo menos nos sentimos útil de estar ayudando a la gente y colaborando con lo que podemos, haciendo mascarillas, ya que de otra forma no podemos.


No cabe duda que el coronavirus ha cambiado nuestras vidas. Casi de un día para otro, hemos podido comprobar como este virus ha sido capaz de poner el mundo del revés. Cada país se ha ido protegiendo según ha entendido y dependiendo de la intensidad con la que está siendo afectado, tomando nota de los países por donde el virus ha pasado dejando un terrible rastro de fallecidos, infectados y mucho dolor. Después de China y Corea del Sur, Italia y España han sido azotadas de una manera feroz. Pero aún debemos esperar afligidos, cómo se comportará en países que empiezan a conocer a este enemigo o




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