• Pedro Miguel /A mi aire

Regreso

Pedro Miguel

Por más que se intente, no hay manera. Es imposible, amén de inevitable, dejar aparcado el tema de la pandemia y sus alrededores para discurrir por otros vericuetos noticiables. Y así estamos, desde abril. No es que canse el tema, que también, sino que un mes más -y así se reconocía en el "Aire" de julio- da una inmensa pereza escribir de pandemias, coronavirus y covides. "Los argumentos, decíamos entonces, abundan en demasía. Los hay, ante nuestra confusión y asombro, para todos los gustos y desesperaciones.


Se han dicho tantos disparates, se han formulado tantísimas opiniones, amenazas y rectificaciones, con fundamento y motivo algunas, fakes las más, que el personal no sabe "a qué quedarse". Y se añadía, rematando la evidencia: "¿es que alguna vez lo ha sabido? Aún hoy, al cabo de ciento y tantos días, el respetable se debate entre incrédulo y atemorizado, pelín aburrido, bastante cabreado y profundamente desencantado. De todo y de todos."



Hay que temer que esto no acaba aquí. Al día de hoy -y puede contemplarse con un cierto distanciamiento porque esto cambia cada día- la música sigue siendo la misma y todo son variaciones sobre el mismo tema. Hace un par de meses, nadie hablaba de rebrotes -curiosa terminología vegetal aplicada a la propagación de una infección vírica- ni pocos pensaban que los niños debían volver al colegio, con todo un verano por delante. Y, como ponía Tirso en boca del Tenorio, y también Cervantes en el Quijote, "Largo me lo fiáis..."


Pero todo llega. Hasta septiembre. Y hasta antes de ayer como quien dice, ninguna autoridad competente se había referido a la vuelta al cole. ¿O es que no se les había ocurrido?¿Qué ha pasado aquí? Resulta arriesgado avanzar una descripción de lo acontecido, porque si no se enervan los tirios se sublevan los troyanos. Que en medio de una reedición de la pandemia, con miles de contagios diarios reconocidos, cientos de ingresos hospitalarios, ocupaciones incesantes de las UCI's y una nueva lista -corta todavía, pero ahí está- de defunciones, no se sepa todavía si ese retorno a las aulas, acompañado de una serie interminable de contradicciones, se producirá conforme a lo anunciado. Y eso es algo que clama al cielo. Hablamos de niños desde los 3 ó 4 años. Porque es la parte más sensible de la familia, la más indefensa, la que va a quedar expuesta al contagio al margen de la protección de sus padres. Y que salga el sol por Antequera, claro.


"Y, así, hemos llegado a un punto en el que las familias no saben todavía, con el curso en marcha, a qué atenerse"

Resulta imperdonable, amén de escandaloso, que no se conozcan todavía, con carácter definitivo, las normas y protocolos de los centros de enseñanza en los que va a desenvolverse la jornada escolar. Pero hay un empeño en que se abran, sí o sí, los centros. Se ha recurrido incluso a la amenaza -"habrá consecuencias académicas"- dirigida a aquellos padres que recelen de enviar sus hijos a esa especie de caleidoscopio en el que a cada momento se contempla una imagen diferente. Y, así, hemos llegado a un punto en el que las familias no saben todavía, con el curso en marcha, a qué atenerse. Ni si se exigirá el cribado con test PCR. De premio.


Entre el Gobierno, decíamos, y una sociedad que contempla atónita el espectáculo de semejante desmadre, se ha co-dibujado un horizonte en el que muchos padres no saben todavía qué va a pasar aquí sino que, al final, cada cuál va a hacer lo que mejor le parezca y le venga en gana. Hay que temerse, con fundamento, que cada consejería autonómica dicte e imponga una rentrée a su medida y capricho, sin atender los escasos consejos del Gobierno y pendiente de las instrucciones que le lleguen a través de la correa de transmisión de la presidencia de la Autonomía de turno -y, por ende, del partido que la ostenta-, que para eso consiguió, con la consiguiente dejación estatal, la competencia en la enseñanza. Porque todos los vectores que inciden en este terreno quieren modelar las nuevas generaciones a su imagen y semejanza. Que es lo que está en juego. Hay que dejarse de vestir el muñeco con vistosos ropajes dialécticos. Porque no está en disputa el tipo de estudios de los hijos sino el control de su formación, que es tanto como decir el modelado de su actitud y pensamiento.


Seamos sinceros: sí o no. Si el dichoso virus impone un riesgo grave en el contacto social, sean reuniones familiares o botellones, terrazas o desplazamientos, ¿no lo es también si esos contactos se producen en un aula escolar entre niños pequeños (y no tan pequeños)? ¿Y que esos contagios puedan entrar en el hogar, de manera asintomática o no, y afectar a padres y abuelos? Porque los abuelos y los padres son también agentes activos de este panorama. Si un niño tiene que quedarse en casa, porque está enfermo o un compañero ha resultado infectado, lo que ha obligado al cierre del aula, ¿quién se hace cargo de su atención? De momento, no se contempla que los abuelos cuiden de los nietos: no cuidar de los pequeños, aseguran, porque existe un peligro evidente de contagio y hay que proteger a los mayores de los riesgos. Y por lo que afecta a sus padres, nadie ha previsto -hasta el momento, al menos- la conciliación cuando trabajen los dos. ¿Vale?

Pues no: no vale. Pero... o

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