• Pedro Miguel /A mi aire

Quisicosas

A mi aire / por Pedro Miguel

Es -o parece- la historia interminable. Y que me perdone Michael Ende por tomarle prestado el titulo de su novela, pero no hay frase más descriptiva y ajustada para definir nuestra realidad. Desde marzo hasta nuestros días, el bichito de marras es el tema obligado de todas las conversaciones. De todas las inquietudes. De todos nuestros peores temores. Porque hay miedo y parecería que hemos dado la espalda a la esperanza. Ya nadie se cree nada. Promesas y más promesas, pero las estadísticas, que son machaconas, se empeñan en recordarnos, día a día, que el número de afectados por coronavirus crecen y crecen y vuelven a crecer. Y la legión de los hospitalizados. Y, lo que es infinitamente peor e insoportable, los fallecidos. Y ahí seguimos todos, con cara de pasmo, sin saber que hacer: tan solo, como se recoge en el Quijote, paciencia y barajar.



No estamos en marzo, ciertamente. Pero nadie nos garantiza, en el momento de teclear estas líneas, que lo peor haya pasado. Al contrario: cada día nos obsequian con negras previsiones, diagnósticos apócrifos, amenazas de sanciones y explicaciones ininteligibles. Pero la pandemia sigue ahí. Y, para colmo de males, donde ayer dije digo ahora digo Diego. Hoy una norma y mañana la contraria. No es el caso de los médicos, de los maestros o de los investigadores y de tantos y tantos otros, sino de los políticos que, de un tiempo a esta parte, parecen competir a la hora de enmierdarlo todo, sin caer en la cuenta de que cada decisión y su contraria afectan a millares o millones de personas. ¿Qué clase de irresponsabilidad les mueve? ¿O es tan solo el afán de aplastar al adversario político sobre un inmenso campo dialéctico sembrado de minas sanitarias?


Porque no nos engañemos: no es nuestra salud lo único que está en juego. Y, si se nos apura, hay que temerse que ni tan siquiera lo más importante. Sobre la mesa está el futuro. El de todos, y no solamente el de unos pocos favorecidos por y desde el poder. Esto es una lucha por el poder a medio y largo plazo. Y lo demás, todo los demás, son víctimas colaterales. En lugar de empeñar todos los recursos, esfuerzos y saberes en combatir la enfermedad, limitan su artillería en probar su puntería dialéctica y su verborrea en hacer sangre. Hoy, el único interés radica en ver quién dice más disparates, quién ofende mas, en conocer a los más avezados fabuladores de absurdas falsedades -aunque siempre con rictus de póquer, eso sí- con lo que el objetivo perseguido se concreta en la búsqueda de un objetivo prioritario: que los tertulianos y comentaristas concedan a estos personajillos la máxima puntuación a su avezada capacidad de herir, de ofender, de desprestigiar, de mentir sin límite. Porque es la forma de pescar votos a futuro. Nadie pone freno a la capacidad institucionalizada de ofensa e insulto en ese gallinero -hay quien dice que en esa jaula de grillos- en que se ha convertido parte de la actividad política, especialmente la parlamentaria presencial, desde que se dieron los primeros patinazos.


"Me consta que sería demasiado pedir que quienes pueden y deben actuarán con cabeza y menos intereses personales o partidarios"

Y luego están las redes. Casi desde el primer minuto se levantó la veda y, a partir de ahí, se practica el tiro libre en todas las modalidades aunque con especial incidencia en las llamadas " fakes". ¿Y de las víctimas, qué? Porque los ciudadanos siguen cayendo -porque se trata de caídos-, cada vez con mayor variedad de edades y origen. Aunque eso no parece importar demasiado. Los hospitales se saturan de nuevo, pero no hay médicos.


Las vacunas son el nuevo maná, pero no parece que vayan a caer del cielo antes de avanzado 2023. Mientras tanto, a falta de mejores remedios, volverán a reinar los aplausos desde los balcones y el Dúo Dinámico. Los supermercados, que han vuelto a reabastecerse de aceite y de papel higiénico, lucirán pronto sus mejores colas. Templos e iglesias, que se han quedado sin poder pasar la cesta de las limosnas, seguirán perdiendo fieles, por mor de las limitaciones y el miedo al contagio. Y la Sanidad, ahogada de nuevo por la falta de previsión y personal, seguirá lanzando sus ese o eses a la sociedad -ya que quienes debían escuchar no les hacen ni puñetero caso-, justificando de alguna manera -nada convincente- sus escandalosas carencias. Especialmente en atención primaria que es, muy posiblemente, la que más necesitan los pacientes, crónicos o no, y las urgencias extra hospitalarias.



Me consta que sería demasiado pedir que quienes pueden y deben actuarán con cabeza y menos intereses personales o partidarios. Pero eso sería como pedir gollerías y no parece que el horno nacional este, hoy por hoy, para semejantes exquisiteces. Seamos realistas: la pandemia es la que es y todos los esfuerzos deben dirigirse, unificados ciertamente, a evitar el mayor número de bajas. Los ataúdes y las incineraciones no deben cobrar carta de naturaleza entre nosotros. Y al pan, pan: que las autoridades cumplan su deber, con empeño, dedicación y utilizando todos los recursos y esfuerzos a doblegar al virus -ya que hoy no lo hacen ni de lejos-, y que la ciudadanía ponga también su parte respetando todas las normas y limitaciones para superar esta grave situación. Que así sea. Y que, al menos, puedan verlo nuestros hijos...


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