• Maskao Magacín

No ha sido un sueño

Estábamos a nuestras cosas, en lo cotidiano, trazando planes a corto, medio y largo plazo, porque nadie esperaba lo que se nos vino encima. Mediados de marzo en España, todos a casa porque el coronavirus de la tele, ya estaba aquí. Empezaba el confinamiento, un tránsito extraño del invierno a la primavera, de una realidad a otra nueva y desconcertante. Por Maskao Cádiz


La ciudad y playas de Cádiz se vaciaron, además de mal tiempo, confinamiento

Foto Jaime Becerra


Como en una película de serie B, vimos como un virus que andaba por China, de pronto se plantó en nuestras ciudades, plazas, aeropuertos... estaba por todos lados pero no lo veíamos, ni lo vemos. El primer contagio en España fue el 31 de enero en La Gomera y no estaba claro cómo tratarlo, cómo de contagioso era. Sí, ya conocíamos lo sucedido en China, en Corea del Sur y otros países, pero aquí recién empezaba, ni en el peor de los casos imaginamos lo que sucedería. Desde entonces, apenas han pasado meses.


Las cifras de contagios se multiplicaban a gran velocidad y se registran los primeros fallecidos.¿Qué está pasando?, nos preguntábamos. Nadie lo tenía claro pero, por arte de magia, nos hicimos expertos del COVID-19, sus síntomas, su origen, su letalidad. En cuestión de días, los "más listos de la clase" se hicieron sabios. Los tertulianos de la tele se reconvirtieron en hombres y mujeres de ciencia, con tanta "sapiencia" que aseveraban soluciones que ni los avezados científicos eran capaces de asegurar, porque todo eran dudas; en Italia, en España, en China, en Francia...


"Tal fue el descoloque, que lo primero que agotamos fue el papel higiénico"

La desinformación, los bulos, campaban a sus anchas y las redes se inundaron de remedios caseros absurdos e incluso nocivos para la salud. Se adjudicó el origen del virus a un laboratorio Chino, a un murciélago, a un pangolín, a Trump, Bill Gates y a la reencarnación de Atila. Todo certezas efímeras, porque al momento aparecía "la nueva teoría" que encantados compartíamos. El paso del otoño a primavera, nos deleitó con un confinamiento bajo lluvias, tormentas, bajas temperaturas... La guinda del pastel para esta película de serie B. Virus, pandemia, confinamiento y días de un gris arrebatador.


Durante la mayor parte del confinamiento, el tiempo estuvo lluvioso y frío. En la foto, dos coches de una compañía eléctrica circulan junto a la playa Santa María del Mar en Cádiz.

Foto Jaime Becerra



Los contagios aumentaban y los fallecidos también, la cosa se ponía fea y como los caracoles, nos escondimos en nuestras casas. Primero por sugerencia y el 16 de marzo, por obligación bajo Estado de Alarma.


Salimos al asalto de tiendas y supermercados a sabiendas de que no iba a haber desabastecimiento. Somos así. Tal fue el descoloque, que lo primero que agotamos fue el papel higiénico.


Ahora con cierta distancia, es de risa. Incógnita nunca resuelta y aunque se han ofrecido varias teorías, ninguna convence. Creo que es parte de nuestras disfunciones como sociedad, sin más. Que hay un virus muy contagioso, pues papel higiénico.


"Pero no sucedió porque no he despertado, no ha sido un sueño"

El abordaje al super fue el primer aviso de la "nueva realidad". Empezamos a hacer cola para entrar de a pocos, a que nos den guantes y ofrezcan gel. Caras con mascarillas y miradas esquivas dibujaban un presente extraño, uno dudaba si lo que estábamos viviendo era un sueño, de esos raros que luego cuesta contar. Se suponía que en cualquier momento, las ganas de ir al cuarto de baño me despertarían. Pero no sucedió, al menos, hasta el momento en que junto estas palabras como recordatorio. Porque no he despertado, no ha sido un sueño.


En el transporte público es obligatorio el uso de mascarilla.

Foto Jaime Becerra



La ciudad estaba vacía y salir a hacer la compra o pasear al perro, nos convertía en protagonista en una película de catástrofes. Apenas te cruzas con gente que va a la compra; casi no circulaban coches y el transporte público disminuyó la frecuencia de los servicios.

Era algo nunca visto.

Pero rápido se buscaron las triquiñuelas -eso que envolvemos como picaresca-. Entre no sé si se puede y no me he enterado, los edificios con azoteas vivieron dos días de asueto. Los vecinos subían a pasear convirtiendo los altos de sus casas en inconfesables puntos de encuentro. Y no podía ser. Las autoridades prohibieron esa práctica y solo se podía subir a la azotea a tender ropa.


Gaviotas, pájaros y otros animales recuperaron terreno en ciudades y playas. Por las mañanas era un lujo escuchar el canto de los pajarillos, la ciudad estaba muda y descubrimos sonidos silenciados. Otra realidad, otras sensaciones.

Descubrimos nuevos conceptos y palabras que existían pero apenas conocíamos, como distopía, que estuvo de moda. Se sumaron: pico de pandemia, aplanar la curva, prevalencia, trazabilidad, desescalada, etc.


La bicicleta cada vez tiene más adeptos /Foto Jaime Becerra



Los primeros días de confinamiento e incertidumbre, tenían cierto "encanto", lo cotidiano se alteró y se hablaba de cambios importantes en nuestra mente, esperanza, repensar el futuro... era un poco de almibar para tragar las cifras de fallecidos y el alto número de contagios. Las redes catapultaban vídeos solidarios, actuaciones online, monólogos tragicómicos, vecinos jugando al bingo, ¡al pádel,! haciendo gimnasia comunitaria o niños cantando. Fue un momento de eclosión artística. Pero también empezaron los problemas, faltaba de todo para hacer frente al aluvión de contagios y muertes. La pandemia arrasaba. Y nos acordamos que todo lo que necesitábamos, lo mandábamos a hacer fuera del país.


Empezó a arder la política. El gobierno aprobó Reales Decretos para garantizar coberturas sociales, proteger trabajos, trabajadores, empresas, autónomos, pymes y otros sectores afectados por la crisis sanitaria y el Estado de Alarma.



En poco tiempo hemos vivido muchas etapas, desde el confinamiento hasta

la desescalada, pasando por franjas horarias para distintas edades

Foto Jaime Becerra



Pero había que bajar las cifras de contagios y fallecidos, había que esperar unos días para saber si el confinamiento total había hecho efecto. En semanas se pudieron ver los resultados, la curva se aplanaba y su descenso, iba por buen camino.


Pero la oposición de derecha olió sangre y entendió que era su oportunidad. Decían tener las claves, las soluciones y la razón para gestionar mejor que el gobierno la pandemia. Esas soluciones nunca se han escuchado, ni las claves. Y la razón, debemos esperar para saberlo. No sería la primera vez, que años después de un gran acontecimiento, sepamos la "verdadera" verdad y el papel que jugó cada uno.

Esperaremos.


La gente se lanzó a hacer ejercicio después de tantos días en casa. El verano ya está aquí

y hay que ponerse en forma, que el confinamiento da hambre /Foto Jaime Becerra



El confinamiento transcurría en una nebulosa, en una especie de montaña rusa con días arriba y otros abajo. Limpieza de la casa, poner en orden cosas atrasadas, convertirnos en chef, cocineros o cocinillas, hacer ejercicio frente a tutoriales de youtube, grabar los aplausos de las ocho, punto de encuentro obligado del vecindario donde se reconocen los vecinos, con saludos de edificio a edificio, de ventana a ventana, de balcón a balcón. Cada día, el cierre a este homenaje solía ser la canción "resistiré", que resistimos de forma estoica. Por suerte aparecieron otras versiones.


"Algunas residencias de ancianos, eran un negocio sin alma, pero con mucha impunidad"

Era la hora de "la alegría", de agradecer a las personas en primera línea su dedicación por el bien de todos. Eran momentos de unidad, hasta que aparecieron las cacerolas.

La curva se fue aplanando. El confinamiento daba resultados. Al menos una buena noticia después de tanta tragedia, de descubrir que algunas residencias de ancianos eran un negocio sin alma, pero con mucha impunidad. Descubrimos que todo lo fabricábamos fuera, en países como China o India donde legislaciones laborales laxas, permiten condiciones de trabajo precarias para fabricar productos más baratos. Por eso nos quedamos sin mascarillas, sin trajes de protección para los sanitarios, sin guantes, sin respiradores. Los empresarios fabrican fuera del país para importarlo después. Apostar por la industria nacional y crear empleo, no les interesa, ganan menos dinero y la avaricia es una adicción.



Volver a salir fue un desahogo que supimos aprovechar /Foto Jaime Becerra



Estos descubrimientos inspiraron una especie de "lucidez ciudadana", donde -ingenuos- llegamos a pensar que esta experiencia nos haría cambiar a todos, a reflexionar, a repensarnos y salir mucho mejores personas. ¡Qué va! La "nueva normalidad" es más de lo mismo pero con mascarilla. Todo sigue igual en el fondo. Ni los avisos con la pandemia, cambian los paradigmas.


El teletrabajo y las teleclases aparecieron en nuestro mundo. Y todos "pillaos", mucho móvil, whatsapp, redes sociales y mails, pero somos unos analfabetos informáticos, hacer un documento de Word con imágenes, es una odisea. Y convertirlo a un Pdf, es medio día con preguntas a colegas o visitas a tutoriales. Y hasta dar con la tecla para las videoconferencias múltiples, semanas de investigación.


"Las carencias desveladas, nos deberían hacer reflexionar sobre muchas cosas"

Nos sobrestimamos, teníamos todo controlado. Pero tantas carencias desveladas nos deberían hacer reflexionar seriamente sobre muchas cosas. No podemos volver a la misma senda, ese camino está dando constantes avisos de que no funciona.


Transcurrían los días y las cifras de contagios se estabilizaron. A finales de abril, los niños fueron los primeros en poder dar paseos. Empezábamos a ver la luz y el canto de los pájaros, se lleno de voces infantiles, volvía de a poco la vida.

Días después salimos los mayores, en tromba y como pollos sin cabeza, pero aprendimos rápido. Después volvieron a abrir las terrazas y restaurantes sin franjas horarias. Se abrieron las playas, se inauguró el verano. Pero con cuidado, con mesura y medidas sanitarias, de aforo, de distancias porque no podemos, no debemos olvidar con tanta facilidad lo sucedido.


Las escenas cotidianas han cambiado y la normalidad ha sido alterada /Foto Jaime Becerra



En general nos hemos portado bien, y más en un país como España, acostumbrado a la calle, al bar, la terraza, el restaurante, los parques y plazas.

Ha sido un esfuerzo tremendo y hemos cumplido de manera admirable. Siempre hay excepciones, pero han sido mínimas. Ahora no podemos tirar todo por la borda, debemos cumplir las medidas, un rebrote y todo se puede ir al garete. No ha sido un sueño o








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