• Marian Giménez

Madrid

Por Marian Giménez

Podía iniciar este artículo perfectamente, con la canción de Sabina: “Pongamos que hablo de Madrid…” Y así lo haré.


Una calle del Barrio de Tetuán en Madrid


Pongamos que hablo de Madrid y entonces os contaré que los barrios del Sur y los barrios del Norte, que también tienen un sur, están completamente abandonados. Existen otros, de grandes tiendas de marca, de edificios suntuosos y magníficamente dotados, en los que se pueden comer sopas en el suelo, sin temor al contagio del virus.


Pero una inmensa mayoría desprotegida, sometida a la culpabilización por ser pobre, vive sin calma y sin futuro. Es un hervidero de personas moviéndose de un lado para otro en busca de alimentos. Hoy se hace reparto en un mercado, mañana en un local de una asociación, ayer en la parroquia… Pero es que hoy, en el presente, necesitamos comer.


"Allí lo que hay son cuarentenas del hambre"

Pongamos que hablo de Madrid y os contaré que a diario comprobamos la indigencia de la gente. Viven en casas hacinadas, en las que es imposible tener distancia y llevar mascarillas que se cambien a diario. Allí lo que hay son cuarentenas del hambre.


Pongamos que hablo de Madrid y entonces el relato es los rincones y calles infectas de basura, por unos contratos temerarios de empresas que no emplean a suficientes trabajadores y en donde los espacios públicos son los vertederos de una sociedad de consumo infinita e inagotable. En eso, parecen haber ganado la batalla. El consumo como progreso. Pero el ayuntamiento se ha gastado una pasta ingente en poner unas papeleras inteligentes. Con pedal y todo para no tener que tocar con la mano la apertura de la misma.


Pongamos que hablo de Madrid. La ciudad vendida a unos traficantes de suelo, los negociantes de la riqueza de todos, que se apropian y convierten los barrios en la especulación indecente de su ambición y codicia.


Pongamos que hablo de Madrid. Una ciudad cuyas casas de curación, hospitales y centros de salud, abandonados y maltratados. Profesionales exhaustos por no poder atender a las personas. El Madrid de los aplausos.


Pongamos que hablo de Madrid, y entonces os hablaré de mi barrio, Tetuán, donde los Servicios Sociales, un servicio público que debiera estar en tiempo y forma con las personas más necesitadas, dan citas para noviembre, en el mejor de los casos. En el peor dejando a mucha gente fuera, por la incompetencia municipal y porque sospechamos que existe todo un plan ideológico y estratégico para dejar a la gente a su aire, sin vidas dignas y sin derechos.

Pongamos que hablo de Madrid. El Madrid, de los árboles secos, que no se riegan y se talan en verano con alevosía y desvergüenza. Tanto hablar de un bosque urbano y lo único que tenemos es el erial, un yermo desolado y triste.


Pongamos que hablo de Madrid. Una ciudad solidaria, en su tejido vecinal. Una arteria que recorre los barrios obreros y pobres. Vecinos organizados que reparten comida.

Defendiendo el derecho a la alimentación, a la educación, al juego, a la vivienda. Un Madrid, respirando y reclamando otro territorio. Es el Mayrit, como lo llamaban los árabes, el Arroyo matriz, nutriendo a esta ciudad de solidaridad, una realidad material inevitable.


En la Casa Vecinal de Tetuán, continuamos trabajando por los derechos. Una tarea colectiva. Resistiendo. El Madrid de la resistencia o

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