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Camino al Everest

70 kilómetros separan la famosa pista de aterrizaje del Aeropuerto de Lukla del Campo Base del Everest. El recorrido trepa desde 2.860 m hasta los 5.545 m del Kala Patthar, el punto más alto del recorrido y el mejor mirador para contemplar la cima más alta del mundo: el Everest. Un trek bastante asequible con una variedad climática espectacular. Una aventura épica por la región del Solokhumbu, territorio Sherpa. Por Alex Montes


El glaciar del Khumbu es el más alto del mundo. Aunque parezca estático, está en constante movimiento y cambio. Foto Eduardo Lalanda



Día -180: Por fin nos hemos decidido a hacer el camino de nuestras vidas. ¡Vamos a subir hasta el Campo Base del Everest! El sueño se va a hacer realidad. Tras darle muchas vueltas hemos decidido hacerlo con Malamalama Travels. Pensábamos hacerlo por nuestra cuenta, pero hemos visto que es bastante complicado andar por allí sin soporte.

Comenzamos los entrenamientos en montaña con el guía de la agencia, para ir haciendo el cuerpo al camino y sobre todo, la cabeza. Entre los mil consejos que nos va dando, hay uno que repite una y otra vez: “Tortuga llega a cima”. También estamos haciendo equipo. En el camino, más tarde, descubriríamos el valor de tener compañeros de expedición. ¡No puedo esperar a irme!


"No creo que pegue ojo de los nervios, pero mañana a las 00:05 h salimos para el Solokhumbu y ¡hay que descansar!"

Día 0: ¡Llegó la hora! Volamos hacia Kathmandu. Tras una escala en Dubai, otro salto y llegamos a la capital de Nepal. Allí nos recibe el que será el jefe de guías y porters, Badri, con la tradicional guirnalda de flores, y nos trasladan al hotel. Kathmandu es un caos de motos, animales y muchísimas personas. Las normas de tráfico, si es que existen, se respetan poco, pero milagrosamente todos vuelven a su carril segundos antes de chocar.

Chequeamos el equipo con los guías y vemos que nos hemos colado. Los 2 kilos extra del saco de dormir de plumas que nos dan, desbaratan todos mis planes de equipaje. Por suerte, podemos dejar un paquete en Kathmandu en la oficina de la agencia, porque en el vuelo a Lukla solo podemos llevar 10 kilos. Cena con espectáculo de danza tradicional y a la cama. No creo que pegue ojo de los nervios, pero mañana a las 00:05 h salimos para el Solokhumbu y ¡hay que descansar!


Día 1: Medio dormidos nos montamos en la furgoneta, camino al aeropuerto. El sueño se pasa rápido cuando llegas y ves la avioneta. La adrenalina comienza a bombear. Todo empieza a volverse real. Despegamos y sobrevolamos el Himalaya. Bajo nosotros, un espectacular mar de montañas, algunas, más cercanas, nevadas. Otras, más profundas, cubiertas de un manto verde y surcadas por todas partes de cauces de agua. Por fin el aterrizaje en la temida pista de Lukla, que no es para tanto. Da mucha más impresión aterrizar con un 747…


El Aeropuerto Tenzing-Hillary, en el pueblo de Lukla, en Khumbu, distrito de Solukhumbu, zona de Sagarmatha, al este de Nepal. Con solo 450 m de pista y a 2.773 metros de altitud.

Foto Eduardo Lalanda



Ya estamos en el camino. A 2.800 m aún no se nota la falta de aire, solo por la emoción del momento. Desayunamos el pícnic que nos han preparado en el hotel y a patear. ¡Qué espectacular es todo! Cuando piensas en esto, piensas en montañas áridas y nevadas, pero es un vergel de árboles y vegetación con valles descomunales plagado de manantiales de agua, cascadas y ríos.


Tras 4 horitas de marcha suave y casi todo bajada, llegamos a Phakding, a 2.650 m. Aquí pasaremos nuestra primera noche en los brazos de la hospitalidad sherpa. Es increíble lo bien que nos tratan y lo majos que son. ¡No ves a nadie que no sonría!. Por la tarde, un paseíto por los alrededores y a la cama, que mañana es un día duro.


"La altura comienza a penalizar y ahora entendemos el mantra de tortuga llega a cima”

Día 2: Una especie de torta echa de la masa de los churros y una tortilla francesa nos esperan en el salón al levantarnos. Hay que meter un buen chute de energía para el camino, que hoy es uno de los días más duros. Unos 11 kilómetros nos separan de Namche Bazaar, capital del pueblo Sherpa y centro neurálgico del comercio de la zona. Lo malo no es la distancia, sino los 1.000 m de desnivel. La altura comienza a penalizar y ahora entendemos el mantra de “tortuga llega a cima”. Los pies empiezan a pesar más de la cuenta, los pasos se ralentizan y se hace necesario descansar cada vez más.


Sin embargo, las recompensas del camino son grandes. Cruzar un puente tibetano tan largo y tan alto como el de Edmund Hillary es una aventura en sí mismo. Sobre todo cuando te cruzas con un yak. Por primera vez, en una curva del camino, alcanzamos a ver nuestra meta, el Everest. ¡Parece tan lejano! Exhaustos, alcanzamos la villa comercial, un montón de casitas colgadas de una montaña donde disfrutaremos de un merecido y reponedor descanso durante dos noches.


El largo y alto puente colgante tibetano, Edmund Hillary. Cruzarlo es toda una aventura.

Foto Eduardo Lalanda



Día 3: Hay tres cosas importantes en el trek: comer al menos 4.000 calorías diarias, beber mínimo 4 litros de agua diarios y descansar. Son los tres factores más importantes para aclimatarte a la altitud y no sufrir el mal de altura. Este día lo vamos a dedicar a ello. Otro lema importantísimo de los montañeros es: “Trabaja arriba y duerme abajo”. Cuando tu cuerpo ha estado trabajando en altura y desciende para descansar, acelera los procesos que le permiten sobrevivir con un 50% del oxígeno que hay a nivel del mar. Por eso subimos una ladera, 500 m. de desnivel. Disfrutamos de las vistas, nos hacemos fotos y volvemos a bajar a nuestra base en Namche. Por la tarde vamos a comprar algunos khata (pañuelos de ofrenda) y banderas de plegaria y nos dirigimos al monasterio para una puja, una ceremonia en la que recibimos la bendición del lama, que nos coloca el cordón rojo alrededor del cuello para garantizar nuestra protección y el favor de las montañas, para que nos permitan volver sanos y salvos.


Namche Bazaar a 3.440 m, es la capital del pueblo Sherpa y centro neurálgico de la región.

Foto Eduardo Lalanda



Día 4: Continuamos nuestro camino. Después de la parada para comer comienza una fuerte pendiente bajo un calor que hace duro el ascenso hasta Tengboche. Pero hoy también tenemos recompensa. Sir Edmund Hillary, la primera persona en coronar el Techo del Mundo en 1953, acompañado por el mítico sherpa, Tenzing Norgay, pasó por allí camino de su hazaña: “Colgado en medio de todos aquellos picos, sobre un espolón arbolado, se encuentra el Monasterio de Tengboche, uno de los edificios espirituales de los sherpas. Ningún templo podría tener una ubicación más gloriosa. Intemporal, el monasterio está envuelto en un aura de silencio y meditación. Los Lamas se mostraron amables y nos agasajaron como a reyes. Nos resultó muy difícil separarnos de ellos y de su hospitalidad”, escribía Hillary en sus apuntes de viaje. Hoy en día, casi un siglo después, la sensación es la misma. Pese a que ahora hay hostels para montañeros cerca del monasterio, dentro se sigue respirando algo sagrado.


Día 5: El amanecer nos da otra sorpresa. Al abrir las ventanas vislumbramos por primera vez el Ama Dablam de 6.812 m, “la madre del collar y la perla” rasgando las nubes y reflejando los primeros rayos de sol. Sin lugar a dudas, la montaña más majestuosa y estilizada que vi jamás, con su silueta de madre con los brazos abiertos. Espero algún día tener la capacidad para subirla. Reanudamos nuestro camino, por un escenario digno del Señor de los Anillos. De hecho, en el camino encontramos un hostel llamado Rivendel. Parece mentira que a esta altitud, rozando los 4.000 m sobre el nivel del mar, pueda haber tal explosión de vida y vegetación. Esta jornada nos llevará hasta nuestro siguiente punto de aclimatación, Pheriche, a 4.200 m.


A 4.000 m sobre el nivel del mar, parece increíble que exista tal explosión de vida y vegetación. Foto Jaime Becerra



Día 6: Empezamos a descubrir el rigor de la montaña. Ya no quedan árboles, solo algunos arbustos y un manto de musgos y hierbas de distintas especies. La mitad del terreno son ríos y, la otra mitad, charcos. La temperatura ha bajado unos 10 grados desde que saliéramos de Lukla, pero la compensamos con otra subida de aclimatación y la calidez del pueblo Sherpa. Nuestros porters nos invitan a conocer a su familia, que viajan paralelamente a ellos y acampan en las alturas para ahorrar dinero. Su humildad y hospitalidad son lo más bonito de este viaje.


Los porters de la expedición cargan 20 kilos, pero los de mercancías llegan a llevar 100 kilos.

Foto Eduardo Lalanda



Echamos la tarde jugando al ajedrez, leyendo, pensando, lavando ropa, escribiendo. El viaje interior es más largo que el exterior. Algunos de los miembros de la expedición empiezan a acusar la altura. Dolor de cabeza, sensación de mareo, dificultad para respirar. Lejos de ser peligrosos, son los primeros síntomas de lo que podría llegar a ser mortal si no se vigila. En nuestro caso, como en tres días estaremos descendiendo, vale con tomar paracetamol y mantenerlo controlado.


Día 7: Otra jornada de ascenso. Tras comer en un restaurante que parece que se vaya a precipitar al río, ascendemos una larga escalinata que nos lleva al Memorial de Khumjung. En medio de la morrena del Khumbu se ven cientos de chorten, túmulos de piedras en honor de los que dejaron la vida en su sueño de coronar la montaña más alta del mundo, entre ellos, los que desgraciadamente se convertirían en protagonistas de la famosa película Everest. Este lugar te pone en tu sitio. Toda una cura de humildad, que invita a la reflexión y a la introspección.


"Tenemos que dormir con las ventanas abiertas a pesar de las bajas temperaturas, para evitar consumir todo el oxígeno y los sacos de plumas cumplen su función"

Finalmente, llegamos a nuestro penúltimo refugio, Lobuche, a casi 5.000 metros de altitud. Aquí y en nuestro siguiente hostel tenemos que dormir con las ventanas abiertas a pesar de las bajas temperaturas, para evitar consumir todo el oxígeno durmiendo dos personas en una habitación cerrada. Por suerte los pesados sacos de plumas cumplen su función.


Día 8: Por fin, el gran día. Esta tarde pisaremos el campo base del Everest. A partir de aquí el paisaje parece lunar. Nuestra progresión es muy lenta, pero solo necesitamos hacer 4 kilómetros para llegar a la siguiente base. Reponemos fuerzas en Gorak Shep, donde dormiremos esta noche. Un té y bien de arroz, que hay que meter calorías. Con equipo reducido, nos lanzamos de nuevo al camino para visitar el campo base.


Cordillera del Everest desde el Kala Patthar a 5.545 m. De izquierda a derecha, Pumori, Lingtren 6.749 m, Khumbutse 6.636 m, Changtse 7.543 m, Lhola 7.288 m, Everest 8.848 m, Lhotse 8.516 m, Nuptse 7.861 m, Ama Dablam 6.856 m, Kangtega 6.782 m y Thamserku 6.623 m. Foto Eduardo Lalanda



Nuestro camino va bordeando la espectacular lengua de hielo del glaciar del Khumbu (foto de apertura de este reportaje), el más alto del mundo. Pináculos de hielo de la altura de un edificio, grutas azules donde parece habitar el Yeti, es todo un espectáculo ver este fenómeno vivo, que está en permanente pero imperceptible movimiento, solo testimoniado por el crujir del hielo. En el campo base te sientes muy pequeño. Los gigantes están a tu alrededor y tu eres minúsculo. Una lluvia fina y heladora, nos obliga a volver al calor de nuestra base para dormir en nuestros cálidos sacos, un ratito, al menos.


Día 9: Son las 00:02 h de la mañana y ya estamos en pie. Creíamos que lo mejor de la expedición ya había pasado, pero nos equivocamos. Con los ojos aún cerrados, alumbrados por la luna llena, con un té y una barrita energética por todo sustento, comenzamos nuestro último esfuerzo. Atacamos la cumbre del Kala Patthar de 5.545 m. Por cada paso hay que coger aliento y descansar. La progresión es muy lenta, pero la expectativa nos empuja hacia la cima. A nuestro alrededor intuimos las moles de piedra, hielo y nieve que nos rodean. Por fin, alcanzamos el chorten plagado de banderines que domina la montaña. En ese preciso momento comienza a despuntar el sol, justo entre el Everest y su vecino Nuptse.


Grupo de la expedición con los cinco porters, los dos guía nepalís y uno español.

Foto Malamalama Travels



La sobrecogedora visión de toda la cordillera, desde el Pumori al Thamserku que solo se ve nublada por las lágrimas de emoción. Lo hemos conseguido. Colocamos la bandera de la agencia Malamalama Travels que los lamas bendijeron en el monasterio de Tengboche, a modo de ofrenda a la montaña por su benevolencia, por habernos permitido subir sin sufrir ningún percance y todos bien. Tras muchos abrazos y fotos, comenzamos nuestro camino de descenso. Volviendo la vista de vez en cuando sobre el hombro, tratamos de grabar en nuestra cabeza esa imagen. La majestuosidad de la naturaleza y la razón de haber hecho este viaje. Una imagen que nunca podré olvidar o



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