• Pedro Miguel /A mi aire

Ancianofobia

Por Pedro Miguel

Este escribidor no quiere dárselas de profeta, ni mucho menos de visionario, pero los hechos, con el paso del tiempo, se empeñan en darme un poquito de razón. Hace ahora un mes cuando, a primeros de mayo, detectaba una fractura social entre nuestros mayores y todos los que cuantos le siguen en el estrato social, sean ya personas con varias décadas a cuestas o simples alevines de la vida. Se había detectado -y así lo denunciábamos- una especie de retraimiento, de rechazo incluso, hacia cuantos peinan canas y que lucen las señales de los abundantes años sufridos y vividos.


A nuestros abuelos hay quien les trata como si fueran extraterrestres. O zombis. / Maskao



Quizás sea ésta una de las peores secuencias de la pandemia que nos azota y esclaviza. Hay miedo. Un miedo a la vuelta a la normalidad, un retraimiento hacia todo lo que resulte desconocido y, por lo tanto, peligroso. Ya se sabe: el contagio acecha y nadie sabe dónde y cuándo puede hacer de las suyas. Aparentemente, todo es alegría por la vuelta a las mesas de las terrazas, a las barras de los bares.... pero hay otras realidades.


En cierto modo, todo parece volverse contra nuestros veteranos. He visto, por las calles, cómo niños de corta edad se esconden tras las piernas de sus padres para librarse de saludar -sólo de saludar, y a distancia- a sus abuelos. Por televisión se han aburrido de pasar tomas de niños asegurando las ganas que tenían de abrazar a sus yayos, de darles muchos, muchos besos... Pero luego, tras más de sesenta días sin verles en persona, es como si fueran otros. Y no reaccionan. Ni en la calle ni, lo que es peor, en las casas. A nuestros abuelos hay quien les trata como si fueran extraterrestres. O zombis.


"Daría la impresión de que se ha levantado la veda y que se puede y se debe pasar, con desprecio y rechazo, de los mayores"

Pero no es necesario recurrir a este ámbito entrañable y familiar. Casi podría decirse que, en determinados ambientes, especialmente juveniles, daría la impresión de que se ha levantado la veda y que se puede y se debe pasar, con desprecio y rechazo, de los mayores. La anécdota sucedió hace unos pocos días, en un autobús urbano. Un grupo de seis chicas de unos 18 ó 20 años se habían apoderado del centro del transporte, de pie, agrupadas sin separación ninguna, con mascarilla algunas y otras no, y a grito pelado, mofándose de esos "viejos" algunos de los cuales habían cometido la desfachatez de llamarlas muy educadamente la atención. Porque no cumplían ni una sola de las normas obligatorias. Que, a lo visto y oído, no rezaban con ellas. Al final, abandonaron el vehículo como quien ha logrado una victoria pírrica, y entre grandes risotadas e insultos...


Esta es -y hay que denunciarlo- una faceta más de la llamada desescalada. Falta sensibilidad social. Y humana.

Porque, para empezar, nuestros mayores son personas de alto riesgo, claro que sí. Y nadie lo niega. Pero el riesgo no es porque puedan contagiarnos, como con frecuencia se cree por falta de información -y por eso muchos niños se apartan de su camino: se nota que están mal aleccionados- sino de que cualquier otra persona, y sobre todo los niños, puedan contagiarles a ellos. Y luego se lamentan los rebrotes...


De ahí que haya que contemplar con toda clase de precauciones la liberalización de las franjas horarias de paseo, según edades. Y más ahora que el calor ha comenzado a castigarnos despiadadamente. Pero, cuidado, que nuestros mayores se cruzan con todos los niños que pueden circular ya libremente por las horas hasta ahora reservadas a los veteranos mientras que -al menos hasta el momento de redactar esta nota- nuestros mayores tienen vetado salirse de su franja. Como si fueran inmunes al calor y no estuvieran expuestos, además, a los temibles golpes de calor. ¿Por qué nadie, entre las abultadísimas nóminas de tantas autoridades, la proliferación de presidentes comunitarios, delegados y demás entes pensantes, no han caído en este detalle? ¿Es que no tienen padres, o abuelos? ¿Y no han caído en cuenta de que están cayendo a miles?


"Viejos son los muebles, los trastos, los objetos inservibles por deterioro u obsolescencia"

En el fondo de este panorama subyace la equivocada impresión de que aquí los viejos ya no aportan nada y están de más. Que a nadie importan. Y ese es un grave e imperdonable error. Viejos son los muebles, los trastos, los objetos inservibles por deterioro u obsolescencia. Pero cuantos nos han precedido en este difícil camino de la vida se merecen otro trato. Miles de familias, por no decir cientos de miles o quién sabe si hasta millones de quienes hoy se creen, por trabajo y situación, los reyes del mundo, no recuerdan que si han salido adelante, ellos y sus hijos, ha sido gracias a la entrega y dedicación, renuncias y sufrimientos de una generación que nunca será reconocida en el enorme valor de su sacrificio. Y que, para más inri, contempla ahora con temor, en el ocaso de sus vidas, un posible "reajuste" de sus pensiones.

¿Es que sólo han nacido para sufrir? o



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