• Pedro Miguel /A mi aire

Leer

Leer no es un castigo. Porque la letra no entra ya con sangre sino a través del móvil. O, al menos, eso es lo que parece. A poco que nos detengamos a pensarlo, podremos comprobar que aunque el hábito de la lectura, según las encuestas, crece levemente -o eso dicen-, la venta de libros en papel retrocede. Y son demasiado frecuentes las noticias que denuncian el cierre de librerías. Ya no quieren libros ni en Caritas para sus mercadillos. Y los libreros de segunda mano tiran sus precios: ya están en 3 x 5 euros. Una lástima, ciertamente. Porque la lectura es cultura, conocimiento, vida.


Ya no quieren libros ni en Caritas para sus mercadillos.



Lo que más duele es que son muchas las personas que se jactan de no leer jamás un libro. Lo tienen a gala, como si ojear -u hojear- un libro fuera una lacra. Pocos son los que, al menos, leen las solapas. Y no es ningún consuelo que te hablen de que ya habían leído bastante en la escuela o en el colegio. Lo dicho: hay quienes piensan -y no son pocos- que leer es un castigo y se felicitan por no someterse a un suplicio tan aburrido e insoportable. ¿Exagero? Posiblemente. Más lógico sería que tuvieran la humildad de reconocer que, al menos en su caso, la lectura no le gusta o no les interesa en absoluto; que no les aporta nada. "Ni falta que nos hace", apostillan. Y eso, mal que les pese, no es motivo de vanagloria.


A día de hoy, la lectura lleva camino de convertirse en una especie de vicio subterráneo y marginal, como vino a plantear el poeta rumano Mircea Catarescu en su discurso de aceptación del Premio Fomentor de las Letras en 2018. Y no le faltaba razón: ni hace tres años ni hoy. Datos cantan: sólo 3 de cada 10 personas leen de manera habitual, si no falsean su hábito en las encuestas. Y en torno a un 36 por ciento reconocen y declaran que les encantan los libros, aunque no precisan si como vía de acceso al entretenimiento y la cultura o porque adornan y dan seriedad y prestancia en sus librerías. Y lo que este escribidor no ha conseguido precisar es si los encuestados son acérrimos partidarios de los libros impresos sobre papel o en soporte digital o electrónico.


Porque esa es otra: hoy se reparte el mercado entre los libros impresos de toda la vida y los que utilizan soportes digitales o electrónicos, los audio libros, las revistas y periódicos digitales... Todos ellos quedan equiparados a los libros en papel y no como productos multimedia. Y este aspecto tiene una gran importancia, porque, por acuerdo de la CEE adoptado en 2018, esta equiparación se traduce, o debería traducirse, en una reducción del IVA que soportan las publicaciones electrónicas al aplicado en los libros impresos, que es del 4%.


"Los niños son, ciertamente, los mayores devoradores de libros impresos: nada menos que 85 de cada 100, entre los 6 y los 9 años"

La irrupción de los canales informáticos y digitales en la creación literaria ha sobrepasado con mucho el mundo de la escritura como sistema de comunicación y transmisión del conocimiento. Y ha provocado, de alguna manera, una "deserción espectacular de lectores y cambios en los hábitos de lectura". Esto se produce, al menos en el tramo de los 15 a los 18 años, en palabras de Miguel Barroso, director general de la FGEE (Federación de Gremios de Editores de España). Hasta los 14 años, el índice de lectura habitual rebosa la franja de 70 de cada 100, mientras que a partir de los 15 desciende hasta algo menos del 45%. Los niños son, ciertamente, los mayores devoradores de libros impresos: nada menos que 85 de cada 100, entre los 6 y los 9 años, así lo reconocen. Y el momento de esa falla, en la frontera de los 15, coincide con la irrupción de los móviles en las aulas y en las familias. Y los libros son sustituidos por Instagram y los likes.


Sin ánimo de apabullar al lector más paciente, lo cierto es que las estadísticas están ahí. Están bien hechas, con seguridad, pero nadie garantiza la veracidad de los encuestados y de los datos obtenidos. De ahí que tal vez haya que poner en cuarentena el encaje entre estos números y la realidad del mundo de la edición y el gremio de libreros. ¿Por qué cierran las librerías de toda la vida? ¿A qué se debe la reducción incesante de muchas de las secciones de libros en buen número de grandes almacenes o la reducción y supresión de librerías consolidadas y de enorme volumen -La Casa del Libro, Fnac....-, cuando menos en sucursales estratégicas, que hasta fecha no demasiado lejana eran polos de atracción de nuestras ciudades?

Al menos al arriba firmante, y confío en que a buen número de lectores, le produce una enorme pena el cierre de librerías y su imparable sustitución por multinacionales de la moda, de muebles o de la gastronomía, por ejemplo. Pero aviados estamos si creemos que con campañas tan pretenciosas y grandilocuentes de marchamo oficial -"Leer te da vida extra"- (promovido por Cultura y no por Sanidad, aunque cueste creerlo), va a remontar el mercado de los libros, la pasión por la lectura. Un poco de imaginación no vendría nada mal... Pero eso, claro, no viene en los libros. Y aunque estuviera, nadie lo leería en el ministerio o

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