• Juan Ramón Puyol

Y ahora con ustedes: "¡THE PSYCOGRAPH¡"


“Póngase nuestro casco y en 30 segundos le diremos cuáles son sus mejores aptitudes mentales

para desarrollarse en el futuro.”

Algo así deberían decir los anunciantes y operarios de este invento tecnológico de los años 30 del pasado siglo. Su inventor Henry C. Lavery patentó y fabricó varias docenas de estos aparatos que fueron la atracción del público durante un tiempo, hasta que la ciencia que lo sostenía se resquebrajó como un plato de loza que cae al suelo.

Una mujer sentada en un Psycograh mientras un hombre le ajusta el "casco", en 1931

El ingenioso Henry utilizó las técnicas de la frenología para diseñar y patentar su primer Psicógrafo en 1905. Aunque como ciencia, la frenología, había decaído hacía muchos años como curiosidad de feria todavía seguía funcionando, sobre todo en Estados Unidos, donde la frenología había alcanzado gran popularidad.

En 1929, al comienzo de la Gran Depresión, Lavery y su socio Franck P. White crean “The Psycograph Company”, con sede en Minneapolis y durante toda la década consiguen instalar y explotar su asombroso invento que promete discernir las mejores cualidades del cliente en menos de un minuto.

El paciente se sentaba en el taburete, que incorporaba el sistema, y un operario ajustaba el delirante casco a la altura de los ojos, orejas y justo por debajo de la nariz. Una especie de gafas de hierro indicaban dónde situar ojos y nariz, y, mediante un par de ajustes rápidos una serie de varillas conectadas eléctricamente a una caja, que contenía el cerebro de la máquina, mandaban los datos de las 32 partes significativas del cráneo del paciente. La máquina escupía su dictamen por escrito, que, según la frenología, mostraban sus mejores y peores características psicológicas y habilidades del individuo.

Era un entretenimiento económico y rápido y gozó de cierto éxito instalándose varias docenas de estos aparatos en vestíbulos de cines y teatros, ferias, centros comerciales y lugares de gran tránsito de público.

Teniendo en cuenta la lista de facultades que estudiaba la frenología (hasta 32 características distintas) los informes describían al paciente, como, por ejemplo, alguien con gran autoestima, amor por la vida y facilidad para los idiomas, aunque tremendamente infiel. Esto producía por un lado la sonrisa del cliente pero también un sentimiento de sorpresa parecido a cuando le adivinan el futuro a una persona.

El “Psycograph” era una especie de máquina que adivinaba y analizaba la personalidad psicológica sobre la base de las medidas y topografía del cráneo, en una extraña mezcla de ciencia, misterio y entretenimiento que triunfó en esa época de incertidumbre.

Ilustración de época de las zonas frenológicas

La craneología

Este fue el primer nombre que recibió, hace 200 años, una nueva ciencia que con el tiempo cambiaría su nombre por el mencionado método frenológico. Fueron nuestros tatarabuelos los que vieron surgir una nueva y maravillosa ciencia. Era la época en la que se iba a los sitios a caballo y se alumbraba la casa con una vela y la gente se calentaba en la hoguera. La electricidad solo había dado a luz a Frankenstein pero todavía no iluminaba suficiente, era una curiosidad de feria.

Gall proponía que el cerebro no era un solo órgano, sino que se componía de distintas partes y cada una de ellas tenía una determinada función

A la luz de las velas se escribieron los primeros tratados de frenología. Su descubridor fue el médico alemán Franz Joseph Gall (1758-1828), quien en 1796, propondría que el cerebro está compuesto de múltiples “órganos” y que el cráneo se adapta a dichos “órganos”, de tal manera que palpando y midiendo la cabeza podemos saber las cualidades de un determinado individuo. Gall proponía que el cerebro no era un solo órgano, sino que se componía de distintas partes y cada una de ellas tenía una determinada función. Eso fue algo que posteriormente serviría para orientar la investigación científica y a la vez la causa del descrédito de la frenología.

Si bien la ciencia moderna reconoce que ciertas áreas cerebrales son determinantes de distintas funciones del cuerpo y del pensamiento, también se ha demostrado que la conexión neuronal entre unas partes y otras, y el trabajo conjunto de todo el cerebro es lo que hace de este, el órgano fundamental para la vida humana consciente. La complejidad del cerebro humano es tal que el siglo XXI está llamado a ser el tiempo del descubrimiento de este casi desconocido continente.

Grabado de las zonas frenológicas sobre una cabeza clásica.

Donde hacía aguas la teoría de Gall y sus discípulos era en la arbitrariedad en la adjudicación de funciones a las áreas cerebrales a sus localizaciones y a sus características. Aunque la frenología puso el foco donde debía: el cerebro humano, fue demasiado lejos en sus conclusiones y metodología poco rigurosa y poco científica. Una muy pobre base empírica de los postulados de esta pseudociencia terminó arrumbándola al mundo de las curiosidades. Algunos de sus defensores dieron origen a teorías erróneas y mal fundadas, como la eugenesia, que costarían millones de muertes en los campos de concentración nazis.

La frenología en España.

Fue Mariano Cubí el gran propagador de esta especialidad, recorriendo toda la geografía española en busca de seguidores y con energía inagotable publicitando esta doctrina. Tras largos años en Estados Unidos y tras escribir un libro sobre frenología, Cubí, que no era médico, desembarco en Barcelona en 1842, con cuarenta años de edad.

Impartió cursos en la zona de Cataluña donde hubo gran participación de jóvenes que veían en la frenología la ciencia de vanguardia de la época, pero pronto tropezó con la crítica de la Iglesia que acusaba de materialismo

y de antirreligiosos los postulados de Cubí y sus entusiastas seguidores.

"En la fábrica de loza de La Cartuja, en Sevilla, se hacián las cabezas frenológicas"

Es famosa la anécdota de Cubí en Sevilla durante la visita a la prestigiosa fábrica de loza de “La Cartuja”, donde su dueño Carlos Pickman, fabricaba los bustos frenológicos, que vendía Cubí junto con sus libros y conferencias, que tras inspeccionar la cabeza al portero de la fábrica advirtió al dueño sobre dicho individuo.

Una cabeza de loza de la fábrica de Pickman, en La Cartuja de Sevilla

Este es el relato que publicó el propio Cubí de lo sucedido en su libro, “La frenología y sus glorias. Lecciones de frenología” del año 1835:

Incidentes. El portero de la Cartuja de Sevilla, donde tienen ahora una magnífica fábrica de loza los Sres. Pickman i Compañia, presenta un caso negativo tan sorprendente, que vale por mil ejemplos. Apenas tiene sensibilidad física; ha recibido veinte diferentes heridas sin casi sentirlas ni sentir ningún dolor; no conoce la diferencia de lo áspero ni lo fino al palpar objetos diferentes en estas cualidades. Si se juzga por la hundida apariencia de sus sienes, diremos que no existe en ese individuo semejante órgano. He aquí un verdadero antagonismo.

Después de haberle yo reconocido bien la cabeza, advertí al Sr. Pickman, que no se fiase mucho de ese portero; que sus intenciones eran dañinas, que sobre todo era en grado extraordinario puntilloso i vengativo; que en mi concepto por cualquiera soñada injuria, por insignificante que fuese, tendría fuertes impulsos de atentar contra la vida del que imaginase causante del agravio. Ese caballero hizo, por el momento, poco caso de la descripción que yo di de su portero. Acaso no me contradijo por no permitírselo su amabilidad i delicadeza.

Página de un manual de frenología

Esto pasó a fines de 1856. Ahora meses estuvo aquí el expresado Sr. Pickman. «¡Qué oráculo tan verdadero fue V. respecto a mi portero!». Fueron las primeras palabras que me dijo al vernos. «Ya se halla a presidio» continuó, «por haber atentado contra mi vida tirándome un pistoletazo.»

Hoy la fábrica prosigue moldeando las bellas cabezas de frenología como motivo decorativo y como curiosa antigüedad. Los ejemplares de época alcanzan cifras importantes en los portales de venta por Internet. Todavía podemos encontrar bellos carteles y grabados con ilustraciones de frenología en despachos y clínicas pues la fama y el impacto visual de aquellos cráneos decimonónicos, llenos de casillas, como un juego de la oca, han perdurado en nuestra memoria, doscientos años después de su auge y caída.

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